Recuerda Juan Tallón en Libros peligrosos los tortuosos inicios de Stone en el periodismo. Trabajaba en el National Thunder, de la compañía Universal News, que básicamente vivía de imitar a conocidas cabeceras norteamericanas. En una ocasión, la tinta le jugó una mala pasada y cubrió con una gran mancha la foto de portada: -El tiempo se acababa, las matrices tenían que salir hacia la imprenta y nuestra foto de portada parecía una joven actriz con pinta de estar sufriendo mucho. En blanco y negro, la tinta parecía sangre. ¿Qué hizo Stone? Se inventó primero un titular: «Dentista loco arranca lengua a chica». Y luego, la crónica en la que apoyar el titular. Pura lógica. DEL ORFELINATO AL PERIODISMO Si husmeas en la vida que hay detrás de esa historia puedes llegar a comprender a Robert Stone. Su padre los abandonó cuando era solo un bebé. Su madre era esquizofrénica y, cuando finalmente la ingresaron en un psiquiátrico, el pequeño acabó en un orfelinato. De ahí a alistarse primero en la Marina y luego en el periodismo y la literatura solo había un paso. El editor gallego afincado en Barcelona Gonzalo Canedo -fallecido en el 2013- mimó como pocos la prosa de Stone. Su sello Libros del Silencio, clausurado a los pocos meses de su muerte, publicó tres de los títulos cruciales del autor: Dog Soldiers, su gran relato sobre lo que vio en Vietnam; sus memorias Recordando los sesenta; y la novela Hijos de la luz, que llegó a las librerías tras la muerte de Canedo. Merece la pena volver a Hijos de la luz y releer esas primeras páginas en las que describe, con una dosis extra de realismo, una resaca mezclada (no agitada) con el Rey Lear de Shakespeare: «Al despertar, vio una luz acuosa en el techo blanco azulado; el sol de la mañana se reflejaba desde la piscina que había justo al otro lado de la ventana. En cuanto levantó la cabeza, el veneno lo golpeó; sed, náusea, un dolor punzante detrás de los ojos. Se dio la vuelta y sintió la calidez de la chica que estaba a su lado, desnuda y bocabajo».