Cuando Charles Bukowski (1920-1994) se sentó ante el teclado para escribir su primer poema en un ordenador, confesó que se sentía de nuevo virgen. Virgen a los 70 años. Y se preguntó a sí mismo:
-¿Logrará acabar conmigo esta máquina, cosa que no pudieron el alcohol, ni las mujeres, ni la pobreza?
La poesía, por supuesto también sobrevivió a la computadora, y en una de esas pantallas creó el indomable Bukowski uno de sus poemas más memorables, Dinosauria We. La tecnología, obviamente, no logró tumbar la poesía, como tampoco lo habían logrado antes ni la televisión, ni la bomba atómica, ni los imperios, ni las dictaduras. La poesía sobrevivió al estalinismo y al nazismo (se siguió escribiendo después de Auschwitz), al franquismo, al fascismo y a todos los ismos posibles. E incluso hemos seguido leyendo a los poetas que crearon su obra en lenguas ahora muertas y en países que ya no existen sobre el mapa.
Ni la Troika
Con la poesía no han podido ni las pantallas, ni la CIA, ni la Troika (que derriba gobiernos de un solo guantazo), ni los temibles mercados financieros.
Tal vez sea porque la poesía, como todos los asuntos importantes de la vida, es algo inútil, que no se compra (las cifras de ventas son irrelevantes) y, por eso mismo, literalmente insobornable. Y porque, como demuestra el último libro de César Antonio Molina, incluso resiste a su paso por el Consejo de Ministros.
Molina, escritor y periodista de larga distancia, regresa en La poesía es un error necesario (Editorial Trifolium) a la esencia misma de la literatura, para completar su reflexión sobre la lírica que ya había avanzado en los ensayos Sobre la inutilidad de la poesía y En honor de Hermes.
Aquí vuelve César Antonio Molina a los versos de Eliot, Yeats, Dante, Auden y Paz, para rematar su itinerario sobre la necesidad de la poesía -por ser el tuétano de la literatura cuando esta se despoja de todo- en «el punto cero del fin» que marca la obra del también gallego José Ángel Valente, un autor al que Galicia debería reivindicar de una vez por todas y sin tapujos como una de sus voces mayores en el siglo XX. Porque la poesía empapa cada página de ese formidable Diario anónimo de Valente que evoca Molina, y que no es exactamente un diario, ni una autobiografía, sino, como dejó escrito Ramón, una automoribundia. Tal vez el destino último de la escritura en España.