Exceso de belleza en Samil

Juan Carlos Martínez EN EL COCHE DE SAN FERNANDO

FUGAS

El paseo natural de Vigo, Castrelos aparte, es Samil. La ciudad, como Afrodita, salió del mar, pero en los últimos dos siglos se pasó a Hefesto, y la maquinaria de Vigo -la de la pesca y sus derivados, la de los astilleros, la del transporte marítimo- ocupó la costa arenosa con sus metales y sus hormigones. La población se multiplicó; el valle Fragoso cambió las fragas por los edificios y los talleres, y el camino inevitable de los vecinos hasta el mar se fue inclinando hacia la boca de la ría. Allí se tiende Samil, con su largo pinar y su paseo marítimo ajedrezado de los setenta, que en este medio siglo ha ido ganando una apariencia clásica. A pesar de ello, los vigueses, siempre en vanguardia, aspiran a levantarlo y devolverle al arenal la libertad de movimientos.

Samil encarna la estampa ideal de las Rías Baixas que llevamos impresa en la imaginación colectiva, gracias a Urbano Lugrís y al Castelao pintor: olas suaves, arenal blanco, sombra de pinos y un fondo paradisíaco: a la izquierda y de frente las islas Cíes, «wagnerianas», que decía Antonio Palacios, y a la derecha las magníficas playas aún sin urbanizar de Cangas: Melide, Barra y Nerga. 

Bajando por Alcabre, las calles arboladas ya anuncian el respiro verde y azul de Samil. En marzo, el martilleo de un peto en el pinar recuerda que la naturaleza reclama este señorío. A partir de junio deberíamos ir a Samil a bañarnos y a jugar, como hace la juventud viguesa. Acercarse en verano en plan contemplativo, con el toque mirón del flâneur, es imprudente: tanta belleza junta produce el síndrome de Stendhal, molesto como una insolación.