Exceso de belleza en Samil

Juan Carlos Martínez EN EL COCHE DE SAN FERNANDO

FUGAS

12 jun 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

El paseo natural de Vigo, Castrelos aparte, es Samil. La ciudad, como Afrodita, salió del mar, pero en los últimos dos siglos se pasó a Hefesto, y la maquinaria de Vigo -la de la pesca y sus derivados, la de los astilleros, la del transporte marítimo- ocupó la costa arenosa con sus metales y sus hormigones. La población se multiplicó; el valle Fragoso cambió las fragas por los edificios y los talleres, y el camino inevitable de los vecinos hasta el mar se fue inclinando hacia la boca de la ría. Allí se tiende Samil, con su largo pinar y su paseo marítimo ajedrezado de los setenta, que en este medio siglo ha ido ganando una apariencia clásica. A pesar de ello, los vigueses, siempre en vanguardia, aspiran a levantarlo y devolverle al arenal la libertad de movimientos.

Samil encarna la estampa ideal de las Rías Baixas que llevamos impresa en la imaginación colectiva, gracias a Urbano Lugrís y al Castelao pintor: olas suaves, arenal blanco, sombra de pinos y un fondo paradisíaco: a la izquierda y de frente las islas Cíes, «wagnerianas», que decía Antonio Palacios, y a la derecha las magníficas playas aún sin urbanizar de Cangas: Melide, Barra y Nerga. 

Bajando por Alcabre, las calles arboladas ya anuncian el respiro verde y azul de Samil. En marzo, el martilleo de un peto en el pinar recuerda que la naturaleza reclama este señorío. A partir de junio deberíamos ir a Samil a bañarnos y a jugar, como hace la juventud viguesa. Acercarse en verano en plan contemplativo, con el toque mirón del flâneur, es imprudente: tanta belleza junta produce el síndrome de Stendhal, molesto como una insolación.