En Todos los Santos parece que el mapa de Galicia se inclina hacia el centro: decenas de miles de gallegos nos vamos a la feria por antonomasia, la de Santos de Monterroso. Recorrer la villa con semejante animación ya es paseo suficiente, pero si buscamos salud antes de la compra, o aligerar el peso del cocido, del churrasco o del pulpo «e outras cousas finas», Monterroso ofrece una deliciosa caminata, no muy trabajosa, junto al Ulla.
Desde A Feiravella hacia el sur, después de admirar los caserones de A Laxe y sus vecinos, cogemos la senda hasta As Quendas y por allí, hacia el oeste, seguimos el río. Para los paisanos que viven a la sombra de monocultivos, es una envidia y un alivio ver que en este valle aún reinan los carballos. ¿Será por el color que van tomando ahora por lo que se llamó «roso» a este monte? Junto al agua, árboles de ribera. En A Peneda, la ciudadanía transformó los prados de la orilla en área recreativa con su piscina y sus edificaciones, pero todo influido por un aire romántico que, fuera del bullicio del verano, evoca otros tiempos.
En Portosamil podemos cruzar el río por pasales de piedra, ese antecesor de los puentes que tanto divierte a los niños, con cuidado si están húmedos. Y seguir hasta el molino del Alemán, un remanso de paz, o volver por Pontepedriña a la feria. Allí hay que cargar entonces de los frutos del otoño: castañas, nueces, grelos, un queixo da nabiza bien curado, que dura un año y reconforta mejor que ninguno yendo de caza o de senderismo.