Los encantos de Ribadeo

Juan Carlos Martínez EN EL COCHE DE SAN FERNANDO

FUGAS

08 jul 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Desde hace decenios, cuando llega el verano, como ahora, Ribadeo se llena de madrileños. No son todos, ni siquiera la mayoría, castizos nacidos en el foro; la mayoría son ribadenses a quienes ha llevado a la capital manchega el carácter inquieto propio de esta villa exportadora de ingenios, que es como un portazgo de las autopistas del mar desde tiempos remotos. Por eso en el árbol genealógico de Ribadeo hay comerciantes hanseáticos, piratas del Caribe y hasta gauchos del Uruguay. A los madrileños de Ribadeo y de Madrid se unen también ingleses, alemanes y franceses que vienen, por mar o por tierra, a hacer el Camino de Santiago, y que con esta animación y este entorno no tienen más remedio que hacer aquí una parada, porque esto es como un escaparate bien puesto de lo que Galicia va a ofrecerles.

Las vistas desde las múltiples atalayas del pueblo son encantadoras. La ría, con el islote urbano de Castropol en medio, tiene una composición tan perfecta y tan limpia que parece una maqueta.

Pero entre los múltiples encantos de Ribadeo, uno lo lleva por nombre propio, O Encanto, una nereida o meiga de las aguas que habita en el río Grande; es una rubia que captura a los incautos que pasan en el solsticio por su morada en la orilla entre As Anzas y Salcedo, a unos dos kilómetros al sur del núcleo urbano. Vamos a verla, mejor dicho, vamos a ver sus huellas grabadas en la piedra en uno de los pocos petroglifos con forma de pisadas humanas visibles en Galicia. Por suerte, San Juan ya pasó, y las rubias que vemos llevan calzado deportivo y bastones de trekking, así que podemos regresar del río a salvo y contárselo a otros caminantes.