Estoy bien, mamá


Descuelgo el teléfono y al otro lado mi madre me reprocha la cantidad de días que llevo sin llamarla. Es implacable. Yo no la llamo porque soy incapaz de disimular las angustias y los miedos, de esconderlos en el manto de la seguridad que se tambalea cada vez que inicio una nueva etapa profesional o mi vida personal patina. Ella exige saber los motivos de mi desasosiego con lo bien que me va todo. Analiza, discute, quiere saber. «Estoy bien, mamá».

He venido a San Sebastián a dar una charla sobre autoestima, soy una auténtica farsante. Puede que no haya persona con la autoestima más baja que yo. O puede que esa persona sea mi propia madre. La charla se convierte en un monográfico sobre cómo las estructuras sociales minan la autoestima de las mujeres desde que somos niñas. Hablo de la primera expulsión de las mujeres del espacio público que son los patios de recreo. Esos patios en donde hasta hace poco tiempo el 80 % de la superficie estaba ocupada por el campo de fútbol, feudo indiscutible del género masculino, al que una niña solo podía aspirar bajo el calificativo de marimacho. El campo de fútbol les daba a ellos el poder, la visibilidad, el espacio político, mientras las niñas nos sentábamos en los márgenes a modo de simples espectadoras y hablábamos de nuestras cosas y de ellos, nuestro objeto de deseo. El amor romántico se construía en situaciones de absoluta desigualdad. De admirados y de admiradoras.

La sexualización nos convirtió muy pronto en objeto de burlas y piropos no solicitados. Significarse, levantando la mano o saliendo al encerado, era un ejercicio peligroso. El entorno se volvió amenazante. Yo lo llamo la paradoja del culo: reclamar la atención de tus compañeros al exponer cualquier cosa en clase, ponía en disputa la perfección de tus nalgas con el resultado de tus ejercicios. Los ránkings del mejor culo llegaron hasta algunas redacciones en las que trabajé.

Puede que las expectativas sociales sobre nuestro físico minen nuestra autoestima en primera instancia, pero no son las únicas. La inteligencia de las mujeres es cuestionada en base a una supuesta hipersensibilidad, a unas hormonas disparatadas que nos hacen llorar cada vez que vemos Pretty Woman (encantadora historia de amor de una puta a la que salva su explotador), y a una supuesta incompetencia matemática, analítica y de raciocinio. Las diferencias sociales de género se hacen plausibles en estudios ciegos, en donde las niñas se sienten más inseguras si se les informa de que sus competidores son hombres. Durante los dos días que transcurrió el foro As Mulleres que Opinan son Perigosas, organizado por mi colega Susana Pedreira y por mí misma, las profesionales que se sentaron en el Teatro principal de Pontevedra no dejaban de hablar del «síndrome de la impostora», un asunto que parece que es un mal extendido entre las mujeres que ejercen puestos de responsabilidad o de visibilidad. Muchas se sentían «de prestado» y se quejaban de que tenían que demostrar mucho más para recibir los mismos halagos que sus colegas varones. Con un 80 % de columnas firmadas por hombres, el columnismo patrio no deja de ser un campo de nabos y una extensión de otro campo, el de fútbol.

La baja autoestima de las mujeres es el negocio del siglo. La industria cosmética y textil morirían sin nuestras ingentes necesidades estéticas y las farmacéuticas se estrellarían si nuestros botiquines no estuviesen llenos de orfidales y antidepresivos. Pero yo tengo un culo precioso y voy a escribir un guion brillante. Yo estoy bien, mamá.

Por Diana López Varela Periodista y guionista, autora de «No es país para coños»

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