Estas son las esculturas más parlanchinas de Galicia

El Pórtico «está lleno de diálogos» que recoge en un libro Rafael Silva y frente a la casa de Pardo Bazán «Los adorantes» llevan siglos de palique


«Pousa, quiero que entreviste a todas las estatuas de la ciudad. A ver qué opinan de todo esto». Ese fue el encargo que en una ocasión le hizo su director al periodista y escritor Luís Pousa. Preguntó: «¿Llevo grabadora?», salió a cumplir la encomienda y encontró respuestas porque las esculturas hablan, unas más que otras. Detrás de la casa de Emilia Pardo Bazán, en las jambas de la puerta de la iglesia de Santiago, en A Coruña, dos figuras pétreas llevan siglos de palique. «Y él le dice a ella: '¿No recuerdas que hace seiscientos años, la noche de nuestras bodas, cuando por primera vez, lisas de juventud nuestras mejillas, inmaculados nuestros vestidos, nos dejaron solos aquí, mirándonos, la Luna semejaba como hoy, una perla gris muy melancólica, y los luceros asomaban cansados, sin brillo? El mundo era viejo ya cuando principió nuestra juventud infinita'. Y ella a él: 'Me acuerdo que desde entonces todas las noches me hablas, y el silencio es un cántico'». Ellos son Los adorantes, protagonistas de «uno de los cuentos más hermosos de Emilia Pardo Bazán», sostiene en un vídeo de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes Xulia Santiso, conservadora de la casa museo de la escritora. Son dos esculturas «eternamente comunicándose, eternamente dialogando, eternamente sintiendo lo que el mundo está sintiendo [...] Los adorantes intentan comprender a los humanos que los rodean», apunta Santiso. La pareja comenta sucesos diarios: «Los niños jugaron en el atrio esta tarde. Sus voces sonaban alegres. Puede que ellos no comprendan lo enfermo que está el mundo...», dice el relato, tan actual pero publicado en 1906. Pardo Bazán cuenta como un día le enseñó Los adorantes a un famoso arquitecto que le dijo: «Esas figuras no tienen razón de ser. Ni dan solidez al edificio ni se explican ahí colgadas. ¿Qué hacen, me quiere usted decir? Creo que respondí: adorar…».

Otro arquitecto, el Maestro Mateo, sí sabía del valor de los personajes esculpidos, aunque no den solidez al edificio: «Debió conversar con muchos de ellos, y por eso el Pórtico está lleno de diálogos, y un oído atento podrá más de una vez recoger noticias de sucesos, confesiones, y sorprender oscuras nostalgias». Esto escribió Cunqueiro, en uno de los textos que recoge Rafael Silva Costoyas en su último libro Ante el pórtico de la Gloria. Poesía e interpretación (Coedición Follas Novas / Arte Torres de Altamira). Para el autor mindoniense, «quizás, lo más vivo, penetrante, exquisito y significativo del pórtico de la Gloria sea el susurro de las conversaciones que brotan de las figuras de piedra como el chorro de agua de una fuente labrada».

Claro que a veces las esculturas callan: «En el Pórtico hay otro profeta que no habla. Quieras o no, la mirada lo elige. Te lleva a Daniel. Está sonriendo. Una sonrisa contagiosa. Nunca antes la piedra había sonreído así», escribió Manuel Rivas. La cita la recoge Rafael Silva en esta pequeña joya literaria, «una nueva visión» del Pórtico, en la que señala el desconocimiento de la figura del Maestro Mateo, «no sabemos ni el apellido», y espiga textos de la poesía jacobea de Lorca, Unamuno, Gerardo Diego, León Felipe, Cabanillas, Cunqueiro, Manuel María o García Bodaño. Y, por supuesto, Rosalía: «Santos apóstoles ¡védeos! parece / qu'os labios moven, que falan quedo / os uns cos outros, e aló na altura / do ceu a música vai dar começo, / pois os groriosos concertadores / tempran risoños os instrumentos. / ¿Estarán vivos? ¿Serán de pedra...». La poeta conversa con el arquitecto: «Vós qu'os fixeches de Dios ca axuda, / d'inmortal nome Mestre Mateo, / xa qu'aí quedaches homildemente / arrodillado, faláime deso. / Máis co'eses vosos cabelos rizos, / Santo dos croques, calás... i eu rezo». Mateo convertido en santo. Bouza-Brey cuenta, y lo recoge Silva, como en 1923 «observé que una mujer enlutada se hallaba arrodillada ante la figura del Maestro Mateo [...] y que con sus manos tomaba las pétreas del genial artista». La mujer le contó que estaba enferma y rezaba por su salud y él le preguntó si sabía de quién era la imagen: «Sí, señor, Iste santiño é san Mateu, o que fixo todo isto».

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