Llueve a gritos, como en un relato de Cortázar, la madrugada avanza y yo me despierto agitada. El agua corre por la piedra y la zozobra avanza por mi corazón. Qué marca los vaivenes del órgano rey no lo sabe nadie, quizás esos pocos que son capaces de entender cómo se calcula el precio de la luz. El resto andamos a ciegas y tanteándonos con la mano el bolsillo donde a veces llevamos unas monedas, una multa de aparcamiento... o un poema.
Ayer, en el de una camisa vieja, a la altura del pecho, encontré uno de Ida Vitale, uno pequeño y perfecto que se titula Amar a un conejo. «Te dieron un conejo/ te dejaron amarlo/ sin haberte explicado/ que es inútil amar/ lo que te ignora».
Me pregunté cuántos años llevaría allí y cuál sería su historia. Nuestros bolsillos pueden ser yacimientos arqueológicos y además de escarbar, hay que buscarle un significado a las cosas que encontramos en ellos, botellas mensajeras que traen pistas de otras vidas olvidadas. Una vez estuvimos allí y apenas recordamos cómo ni quiénes éramos entonces, sobre todo si hablamos de amor.
El amor, cuando pasó, sucedió siempre en otra era geológica.
El otro día, la poeta uruguaya estuvo en A Coruña de la mano de Yolanda Castaño, que es un monumento vivo y serpenteante de la ciudad, se mueve por ella dejando un rastro de versos y belleza.
De la presencia menuda y poderosa de Ida en el Ágora me llegaron ecos. Supongo que eso hace la poesía, resonar en nuestras cabezas. Lamenté no haber asistido. Sin embargo, me gusta la idea del evento que se queda en mí por lo que me han contado. La fuerza diminuta de la mujer, casi centenaria, la voz salida de la boca de la tierra de Rivas, el golpe de cuatrocientas personas asistiendo a un recital que tiene algo de fin de mundo, por la naturaleza atlántica de la ciudad y por el pasado que carga la poeta.
Entre las fotos del público encontré a varios hombres con los que un día compartí piel. Pensé en su buen gusto, y en el mío. Recordé unos versos: «Luego vienen los argumentos del olvido;/ mansos/ lamemos la nueva cicatriz/ cuando nos duele, oscura/ y olvidados del bosque/ otra vez lo cruzamos/ por lo mínimo a diario».