Mercedes Duque: «Estamos preparados para superar rupturas amorosas, pero no el fin de una amistad»

FUGAS

La escritora explora en su primera novela, «Animales pequeños», los vínculos amistosos femeninos, exentos de deseo y, sin embargo, romance puro
28 feb 2025 . Actualizado a las 22:06 h.Dice Mercedes Duque (Sevilla, 1996) en su primera novela, Animales pequeños (Tusquets), que el amor no siempre alcanza, tampoco —o siquiera— en la amistad, añade al otro lado del teléfono. Tenía la ofensiva edad de su protagonista —unos 20 años— cuando, como ella, «rompió» con la que llevaba siendo su mejor amiga toda la vida. «Me pilló por sorpresa y no supe gestionarlo —cuenta—. Tenemos mucha información sobre cómo superar una ruptura de pareja, recibimos apoyo, incluso sabemos gestionar el hecho de dejar de hablarnos con nuestros padres o hermanos y, sin embargo, cuando a mí me ocurrió esto no tenía ningún tipo de herramienta para manejar este duelo, el fin de esa amistad. No tenía ni siquiera el lenguaje. Me daba vergüenza contar que estaba triste porque ya no tenía cerca a mi amiga». Tan «clavada» se le quedó esa sensación que hace tres años se dispuso a darle voz. De ahí nace esta novela, y nacen Rita y Lis. No sabe escribir —admite— si no es desde sus propias emociones.
—La portada es ambigua. ¿No cree que promete una historia distinta?
—Es que desde mi punto de vista la amistad femenina es muy ambigua, y más si nace a una edad temprana, como es el caso de Rita y Lis, porque la identidad de cada una se forman a través de la otra. Para mí esta es, de hecho, una relación romántica; creo que ellas están enamoradas, que lo que ocurre cuando se conocen es un flechazo. Y pretendía mostrar lo divertido, la admiración, la fascinación, las ganas de compartirlo todo y el acompañamiento, al menos en un inicio, pero también lo negativo, que lo hay como lo hay en otras relaciones: los celos, esa necesidad de posesión, y la identificación constante, uno de los rasgos más tóxicos. Rita ve a Lis prácticamente como parte de su propio cuerpo, no se entienden como seres diferentes, sino como una especie de monstruo conformado por varias partes de ellas mismas. Y a mí estas relaciones de amistad de casi convertirse en una sola me interesaban mucho. Efectivamente la portada es ambigua, porque he querido que lo sea. Me preguntan si es una novela erótica y esto me da pie a hablar sobre los límites difusos de estos vínculos.
—Las mujeres tienen un vínculo romántico, pero también hay envidia y hay rivalidad.
—Y creo que es precisamente por eso, porque la amistad femenina es una relación romántica, por lo que hay esos celos, esas envidias, esa necesidad obsesiva por la otra. De ahí surge eso de que mi amiga sea mía. A Rita no es que le moleste que Lis tenga otra amiga, es que le molesta incluso que tenga novio, porque tiene miedo a que le quite a su amiga. Pueden existir unos celos muy fuertes y un miedo grande a perder a la otra persona sin necesidad de que exista por el medio la idea de la pareja canónica.
—Ya casi al final del libro, Lis le pregunta a Rita: «¿En serio te parece que aún nos conocemos?». ¿Deben sostenerse las amistades aunque no nos aporten nada? ¿Cuándo hay que ponerles fin?
—Yo creo que no, que no deben sostenerse. A veces el amor no es sano, tanto el romántico como el familiar o el que nos une a determinados amigos, y entonces, por muy doloroso que sea, hay que cortar. Hay amistades que hacen daño y hay que saber establecer límites. Y también hay que dejar ir, que es algo que cuesta muchísimo: olvidar, deshacernos del pasado, que no esté presente en nuestro día a día. Nos hemos hecho a la idea de que las amistades son para siempre, de que la pareja puede ir y venir, pero las amigas siempre van a estar ahí, y no. Hay que aprender a dejar ir, y no solo eso: hay que aprender a cerrar las cosas. Un día nos damos cuenta de que hemos perdido relación con alguien, de que ya no hablamos, de que nos hemos alejado. No me cabe en la cabeza: es un ghosting de amistad. Si no se le hace ghosting a una pareja con la que llevas diez años, ¿por qué hemos normalizado hacérselo a una amiga? Es muy raro dejar morir así una relación, y en las amistades resulta natural. Las amistades no tienen por qué estar ahí para siempre; hay que cuidarlas como se cuida el resto de vínculos y hay que desromantizarlas. ¿Cuándo cortar? Cuando se rebasan los límites de respeto y de cariño.
—Ellas se conocen desde pequeñas. Los amigos que tenemos desde niños lo son casi por accidente, porque nos los hemos «encontrado», porque estaban ahí. Y hay quien defiende que las verdaderas amistades son esas, las que permanecen en el tiempo, las de siempre. Hay, sin embargo, quien cree todo lo contrario, que de adultos escogemos a la gente con la que queremos estar y que esos son los grandes amigos de nuestras vida. ¿Cree que las amistades que hacemos cuando crecemos también pueden conformar nuestra identidad? ¿Pueden ser igual de importantes?
—Yo creo que sí, que pueden llegar a ser igual de importantes o más, o tal vez no más, pero sí de manera distinta, precisamente porque no son personas a las que nos hemos encontrado y que han sido nuestros amigos por accidente. Una vez se ha conformado la identidad propia no vinculada a otro, la de gustos y de límites y de maneras de moverse por el mundo, las conexiones que se hacen son más voluntarias. Pero tampoco me atrevería a ponerlas en una balanza, son... distintas, sencillamente. Esa... pasión que se siente por una amiga que se hace en la adolescencia temprana yo la he sentido con amigas que he hecho posteriormente, de manera más templada, eso sí, pero también hay que darles ese lugar de importancia. Son acompañamientos muy importante y enriquecedores.
—¿Qué une a Rita y Lis y qué las separa?
—Las une el pasado, la necesidad que tienen la una de la otra porque se complementan: una le da a la otra lo que necesita y viceversa. Eran dos niñas con mucha necesidad de cariño y de ser escuchadas, y se encuentran y se escuchan mutuamente. Sin embargo, crecen. Y precisamente eso es lo que las separa, que dejan de escucharse. Ambas atraviesan momentos dolorosos, cada una a su manera, y ninguna le dice a la otra ni lo que necesita ni, directamente, lo que le pasa. Sencillamente se dejan llevar. Mi generación guarda todavía silencio con respecto a los dolores y a las emociones; ahora estamos aprendiendo a comunicarnos, pero antes nos callábamos. Las protagonistas de la novela son hijas de esa generación, ni siquiera saben bien qué les ocurre: Liz no sabe que está deprimida, mucho menos por qué lo está, y Rita no es capaz de identificar la sensación de pérdida, de desubicación. Y se dice que ya saldrá de ahí, que ya se le pasará; no están acostumbradas a comunicarse y se quedan aisladas dentro de sus propias emociones.
—Rita hace varias referencias al silencio. Están en Londres, que suponemos que es una gran ciudad llena de ruido y de bullicio, y ella, sin embargo, solo percibe el silencio. En la calle, en su apartamento. ¿Es soledad ese silencio?
—Yo viví en Londres durante tres años. Y al llegar me sorprendió mucho que el ruido de esa ciudad es un ruido mecánico, de coches, de tiendas, de personas moviéndose en la calle. Es un ruido textil, industrial, pero no es un ruido humano, de conversaciones. Hay una escena al inicio en la que Rita se monta en un autobús y le parece que el resto de viajeros son como personas de atrezzo. Y un poco antes, esperando en la parada, dice que lo único que se escucha es el impacto de las gotas de lluvia contra los chaquetones. En su momento me impactó ese choque cultural, llegar a un lugar en el que no solo el clima es más frío, también lo son las relaciones humanas, que son muy educadas, pero más separadas. Y eso me generaba una soledad tremenda. Si uno no tiene un vínculo o una red de apoyo en una gran ciudad, ese lugar va a aislarte y te va a llevar por delante.
—La hermana de Rita le dice que tiene que dejar de «hacerse eso», que debe pensar un poco antes de «lanzarse al mundo como si su cuerpo fuese un trámite».
—El cuerpo de la mujer y la manera de habitar en el mundo con él es un tema que me fascina. Para empezar, frente a los hombres, las mujeres no podemos evitar el hecho de saber que tenemos un cuerpo; ellos van por la vida con el cuerpo como acompañándoles, no tienen tanta conciencia de él como nosotras. Esto tiene una parte muy terrible, que es la tensión constante para encontrar la validación a través de la belleza o el sexo, pero también otra muy bonita, que es el conocerse a una misma. Y en la novela intento mostrarlo desde el lado contrario: Rita no conoce en absoluto su cuerpo, no le interesa. Con el sexo no busca el placer, ni el suyo ni el del otro; lo que busca es sentirse querida, adorada, venerada, como si el deseo del otro la hiciera más válida, que eso también es algo con lo que muchas nos sentimos identificadas, con que la visión del otro, de nuestro cuerpo y de nosotras mismas, sea lo que verdaderamente nos coloca en un lugar de valor.
—El libro está plagado de referencias a animales, pequeños pero también grandes. ¿Por qué los pequeños al titulo?
—Esto es algo que yo hago: cuando veo o conozco a alguien, lo identifico con un animal, no tanto por físico, sino más bien por el comportamiento. Los animales tienen una inteligencia que no es menor, sino más intuitiva, y unas emociones más instintivas, y a mí esto me ayuda a comprender a las personas. La novela tenía otro título, pero mi editor y mi agente me hicieron ver la cantidad de animales que contenía y lo cambié. Es verdad que hay muchos grandes, pero los pequeños hacen referencia a quienes les viene grande la situación, a quienes les sobrepasa lo que les rodea y les ocurre, a esas personas que están un poco perdidas, desubicadas, asustadas también.