«Anora» y el derecho a desvariar

FUGAS

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Fue la grandísima triunfadora de los Oscars de este año, con cinco estatuillas. Pero también ha sido una gran fuente de polémica y debate alrededor de temas a veces extracinematográficos

03 abr 2025 . Actualizado a las 13:39 h.

Hay dos bandos o bandas o bandadas en la cuestión de Anora. A un lado están los que salieron de la sala con los ojos hechos caviar iraní. Obnubilados hasta el éxtasis religioso por la nueva entrega de la particular y cada vez más jaleada carrera del director Sean Baker. Enfrente están los enfadadísimos sobreanalizadores que vieron en esta Pretty Woman de brillantinas horteras una intolerable oda a la prostitución. Un blanqueo disparatado, oscuro y siniestro que trata de hacer pasar como aceptable algo terrible. Eso dicen unos y eso dicen otros, así resumido y garabateado. Como pasa con muchas cosas en la vida, en algún punto entre trincheras estará la verdad.

¿Qué tendrá Anora que allá por donde pasa tantos le hacen la ola? Pues algo tendrá, lo que pasa es que no será un algo agradable al paladar de todos. Cuando tantísimas gentes —incluidos, al parecer, la mayoría de los miembros de la Academia estadounidense— bailan al son de una misma melodía sería de iluminado o de arrogante categorizar con rabia que están todos irremediablemente equivocados.

Anora tiene algo. Algo raro y diferente. A veces amargo, a veces exasperante, a veces muy ocurrente. Resulta todo agotadoramente histriónico y chillón —especialmente la protagonista—. Pero quizás es esa, precisamente, su intención. Su razón de existir. Revolver al personal en su butaca no de asco sino de incomodidad, de vergüenza ajena y, por momentos, de un humorismo de situación desagradable pero indudablemente brillante. Es una obra feísta. Un mural de ambientes y personas mezquinas, frívolas y amorales. No obstante, sostener que cualquier representación del mal es un jaleo y una justificación es una vieja patraña que nos llevan intentando meter por el gaznate varios siglos y que sigue sin sostenerse, por mucho que se empeñen algunos. El santurronismo exaltado que mete sus tijeras en la creación artista resulta ya cansino y anticuado. Una propuesta creativa puede elevar cuestiones genuinamente interesantes sin necesidad de erigirse en Pepito Grillo, conciencia de Pinochos y Pinochas.

Cualquiera que deja prejuicios en la puerta y sea honesto en buceo de este filme llegará a la conclusión de que, le salgan o no las cosas que pretende hacer, Sean Baker quiso, en un inicio, hacer una historia sobre sordidez y vidas rotas, no un alegato político.

«Anora se encuadra en una especie de gris sutil, demasiado sutil como para que su mensaje pueda ser descifrado en un visionado superfluo»

También es cierto que, como ha pasado tantas veces en el cine —y seguirá pasando porque es un poco inevitable—, la inmersión en este universo de purpurinas y lucecitas es tan concienzuda, tan mimética, que acaba el producto final, probablemente sin querer, dejando un aroma de fascinación por todo aquello que quiere cuestionar. Ahí, Anora se encuadra en una especie de gris sutil, demasiado sutil como para que su mensaje pueda ser descifrado en un visionado superfluo.

La cuestión: ¿es Anora tan buena? ¿Es buena nivel cinco pedazo de estatuas de oro? Difícil de responder. Como un vino o un whisky, algunas películas necesitan reposar unos años. O muchos años, incluso. Ya nos dirán nuestros hijos o nuestros nietos cómo ha resistido este producto rocambolesco y arriesgado los envites del tiempo. Sospecho, y esto no debe tomarse más que como una adivinación de pitoniso tuerto, que bastante bien. Que es que muchas de las virtudes de Anora tomarán un cuerpo más consistente y elaborado una vez tome su lugar en el conjunto amplio de lo que será la trayectoria completa de Sean Baker —esperemos que muy larga—.

Anora no me dejó frío. Tampoco me indujo calores exagerados. Me levanté de la butaca con algo más parecido a la duda. La pregunta sin resolver que deja en la mente es un acertijo rebuscado. Sin saber bien qué pensar o por dónde coger el mongongo para que no se desparrame. Verdaderamente es graciosa en su fatalismo. Verdaderamente es hiriente en su teatralidad rocambolesca y excesiva. Verdaderamente es hipnótico el perfil de Mikey Madison, a la que solo le recordaba un pequeño papel en Érase una vez en Hollywood. Y aun así, de flechazo no fue la experiencia. A lo mejor hay que verla dos, tres o siete veces para rebañar todas las enjundias. También es cierto que no es muy justo que una cinta exija tales esfuerzos.

Al margen de enconos y perspectivas contrarias, lo que es difícil de rebatir es que en Anora hay verdaderamente una voluntad de propuesta estética y creativa. Una intención en Sean Baker de tejer un universo propio, con cuerpo, continuidad y diálogo entre las diferentes etapas y capítulos de su peripecia artística. Eso es algo muy valioso en el tiempo presente. Hay un daño profundísimo que las lógicas comerciales de la industria estadounidense ha infligido en el cine. Quizás —esperemos— no irreversible. Pero, desde luego, muy crítico. El de hacer potitos. Adefesios de laboratorio. Mezcolanzas y refritos exclusivamente mercantiles que han amenazado (y aún amenazan) con convertir la inmensa mayoría de lo que se rueda en un conjunto albondiguero de cosas uniformes e impersonales. Con mil franquicias y precuelas y secuelas y remakes. Por eso hay que defender a aquellos que intentan salirse de la rueda. Aunque a veces saquen también los pies del tiesto.