
Las palabras importan, desde luego. Construyen muros, tienden puentes, se clavan como puñales, abrazan, acarician, consuelan o rematan. Las palabras vuelan, pero siempre dejan su estela, como los aviones y las naves espaciales o las estrellas muertas. Las palabras desatan nudos o provocan guerras y, en la guerra, la primera arma es siempre la palabra, que inventa mentiras o motivos que a menudo se confunden. Las palabras tienen dueño y los dueños de las palabras lo manejan todo. Los vencedores quieren, más allá de cualquier otra cosa, que su palabra sea la ley.
La palabra es la palanca con la que movemos nuestro mundo. Las palabras cambian y el modo en que las usamos también. Las mujeres nunca tuvimos la palabra. Ahora sí y la usamos para señalar cosas horribles, para subrayar palabras que no escogimos, como abusada, como víctima, como violencia vicaria. Es el verdugo el que escoge la palabra que lo define. La víctima no. La víctima no escoge palabras como insulto, golpe, dominación, niños quemados como rastrojos en una hoguera. No escoge la palabra dolor.
Una sociedad mejor cambia de boca la palabra y se la da a la víctima y no al agresor. Nada le puede gustar más a un asesino machista que tener la última palabra. Qué ciego es dársela alegremente, pero una sociedad mejor no es la que carga el discurso de pólvora contra un escritor equivocado, la que incendia la conversación con palabras violentas, la que responde con odio al odio, con deseos de muerte y destrucción o boicots a los más débiles que nunca serán los Amazon o los Netflix o las cadenas que ofrecen de modo constante productos morbosos y sesgados. Ver cómo se ataca a una editorial que publica libros que, salvo excepciones, leen dos, cinco o diez mil personas y que, por lo general, son de lo mejorcito de la literatura europea, me provoca estupor y temblores.
El libro no es sagrado y los escritores tampoco. La palabra de cada cual sí. Los límites entre lo que se puede decir y lo que no, la decisión sobre quién posee la palabra debería debatirse con profundidad y sosiego. Unir moral y legalidad solo es fácil en sociedades autocráticas donde la ética es única y la decide el que manda. Entiendo que la víctima exija para su maltratador una ley del silencio. Si existe o no, no lo decide el que apedrea ni tampoco yo.