La superventas pone a la protagonista de «La tierra prometida» ante el aprieto de decidir entre dos amores para investigar así sobre los riesgos de la añoranza
06 dic 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Una vida regida por un matrimonio estable y anclado en una rutina tranquila —marcada, eso sí, por la pérdida de un hijo— o esa chispa pasional por el amor vibrante de juventud que no pudo ser. Ese es el dilema que pone patas arriba la realidad de Beth, una mujer que en 1968 debe escoger entre la vida prometida con Gabriel, un sofisticado escritor de éxito mundial, o la que ya conoce, en una granja al lado de su estoico marido, Frank. Un dilema que acaba saldándose con una tragedia cuya tensión Leslie Hall es capaz de mantener firme y tirante hasta las últimas páginas de un libro que engancha y que te enfrenta, con una simplicidad sorprendente, a un maremoto de sentimientos y secretos. La tierra herida ha convencido a una de las prescriptoras de libros con más tirón en Estados Unidos, la actriz Reese Witherspoon, cuyo club literario ha conseguido convertir a la intérprete en una de las grandes magnates del entretenimiento al otro lado del charco. No en vano, después de que la novela cayera en sus manos apuró el paso para hacerse con los derechos y llevarla a la gran pantalla, a conciencia de que puede convertirse en otra de las gallinas de los huevos de oro de Hollywood.
—Dos amores completamente opuestos...
—Yo quería responder a la pregunta de si es posible amar a dos personas a la vez. Y para responder a esto, creí que tenía que crear a dos hombres que fueran totalmente opuestos, pero que, a su vez, permitían a Beth conectar con dos partes importantes de sí misma. Gabriel despierta sus sensibilidades, su parte romántica y poética, y lo que le atrae es esa pasión y el romance que le permite vivir. Frank es quien pone los pies sobre la tierra, es divertido, un padre maravilloso y permite a Beth enamorarse de la tierra, de esa vida en el pueblo. Beth está en un momento vulnerable, por culpa de la muerte de su hijo, y llega Gabriel, divorciado y con un hijo que le recuerda al que ella perdió y la tentación se asienta delante de su casa.
—El primer amor, que te remueve todos los cimientos y que muchas veces se idealiza; frente a ese amor más sencillo. ¿Qué dice tu novela sobre los riesgos de la nostalgia?
—La nostalgia es un concepto que me parece fascinante, me atrae mucho. Si la nostalgia aparece en un momento de tu vida complicado, puede ser una amenaza enorme. Tendemos a idealizar este sentimiento, porque es dulce e incluso agradable. Pero la nostalgia puede destrozar hogares y te afecta de una manera irracional. Puedes pensar que nunca actuarías de una determinada manera, pero cuando un sentimiento tan potente como este te atrapa, te lleva a hacer cosas que nunca imaginarías. A Beth, la nostalgia por lo que sintió en la juventud la lleva a poner en la cuerda floja su matrimonio. Gabriel le ofrece la posibilidad de volver a un tiempo que ella creía mejor. La ve, años después, con los mismos ojos con los que la veía entonces. Hay chispa, es evidente. Hay química. Hay conexión emocional. Pero lo que más pesa es la nostalgia.
—Frank, el marido de Beth, me parece un personaje entrañable. Es sensible, aunque no lo parezca, pero a la vez es contenido. La sensación que deja es que al final no es más hijo de su tiempo. ¿Qué le interesaba explorar en esa masculinidad silenciosa frente a la figura más sofisticada y expresiva de Gabriel?
—Lo importante es entender que tanto Frank como su hermano Jimmy y el padre de ambos, David, son hijos de su tiempo. Los tres pasan un duelo a causa de la muerte temprana de la madre de Frank y Jimmy y ninguno de los tres es capaz de expresar sus emociones. Y eso acaba dejándoles huella. Y esto es importante, porque acaba dejando un patrón que se repite cada vez que en la familia hay una pérdida: se reprimen las emociones. Son afectuosos, por supuesto. Son generosos, por descontado. Pero no saben expresar sentimientos difíciles y eso les conduce a vivir situaciones complicadas.
—El choque de clases entre Beth y Gabriel introduce una tensión muy británica, y que a la vez es muy universal, que es ese ingrediente de crítica social un poco disfrazada en una historia romántica. Ese choque de clases entre la ciudad, entendida como una vida exitosa, y la imagen que tenemos del pueblo.
—De hecho, espero que se lea así. Cuando empecé el libro, lo arranqué con un tono contemporáneo. Pero tuve que apartarme porque no acababa de funcionar. Cuando lo retomé vi claramente que tenía que ambientarlo en la década de los 50 o de los 60. Mi idea era también enfrentar el desequilibrio de género. Por un lado, tenemos a Beth, una mujer de campo, de clase trabajadora, que es muy inteligente y quiere ser escritora. Y queremos creer que tiene las mismas aspiraciones y derechos que el resto del mundo a cumplir sus sueños. Todo eso descarrila por los prejuicios de la sociedad. Y luego está Gabriel, que tiene los mismos sueños que ella, pero todo le viene rodado por sus circunstancias personales y por las propias del tiempo en el que viven.