A mediados de la década de los ochenta abría en Santiago la galería de arte que el tiempo ha convertido en la más antigua de Galicia. Aquí los avatares de sus cuatro décadas
02 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.A mediados de la década de los ochenta se inauguraba en Santiago de Compostela la Galería Trinta. Han pasado cuarenta años desde entonces y ese tiempo ha convertido a Trinta en la galería de arte más antigua de Galicia. Su directora, Asunta Rodríguez, ha conmemorado esta trayectoria que supone mantener en pie, una galería con «jerarquía», —como dicen los americanos— ideando una exposición muy personal. Su título, Piezas que nunca debí haber vendido, ya nos indica, en cierta manera, de qué va: de obras que jalonan, como huellas profundas, los avatares de estas cuatro décadas.
La muestra narra, a través de las piezas expuestas y del recuerdo de las circunstancias que las rodearon, una especie de relato cuya importancia no radica tanto en lo estilístico, lo formal o la temática, sino en su relación con la amistad, el agradecimiento y la nostalgia hacia unos coleccionistas que Asunta ha sabido mantener a lo largo de todo este tiempo y que forman ya parte de la galería. Como escribe ella misma en la presentación de la muestra: «Cada una de estas piezas, para mí, goza de una historia añadida, y es esa nueva capa de significado lo que las convierte en importantes».
Sé que Asunta mantiene una relación distante con la crítica de arte, pero quizá habría que preguntarse qué clase de crítica existe hoy en Galicia. En cualquier caso, creo que lo verdaderamente importante es la visibilidad de la creación artística en un contexto cultural tan exiguo. Lo importante es que se hable de arte, no solo porque sea noticia que un hermoso cuadro de Gustav Klimt alcance en el mercado internacional uno de los precios más altos de la industria del lujo, sino porque una galería haya conseguido mantenerse durante cuarenta años en un contexto que, si no hostil, sí está poco arropado por la cultura oficial y ciudadana de Galicia.
Desde la coherencia y la fiabilidad, y frente a un mercado no regulado como es el mundo del arte, lo verdaderamente significativo es que una galería gallega haya sustentado durante cuarenta años un alto nivel y una perspectiva artística moderna. Desde esta posición ha sabido mantenerse ante los cambiantes avatares de la economía y colocar al arte en un punto de mira de interés al que Trinta se acerca con la seguridad de una galerista que no teme a los desafíos y a la pluralidad del panorama artístico contemporáneo.
MISS BEIGE CLAVANDO SU RETRATO
La muestra se inició con una performance: nos encontramos a la artista Miss Beige clavando su retrato, a modo de ritual, en una de las paredes de la galería. Recorremos, a partir de entonces, una exposición cuyo conjunto resulta un tanto heterogéneo, con piezas estupendas y otras más modestas, pero que mantiene el tono sostenido a lo largo de este tiempo por Asunta y pone de manifiesto la vinculación que siempre existió entre los artistas y los coleccionistas de su galería. En el piso superior nos encontramos con piezas como la de Din Matamoro o las pequeñas e irónicas esculturas de Carlos Pazos, pero, sobre todo, destaca el conjunto formado por dibujos, collages y fotografías (Vari Caramés, García-Alix, Chema Madoz, Virxilio Viéitez, —cuyas imágenes tan auténticas me recuerdan a las de Diane Arbus, entre otros—), a los que se añade una obra primeriza de Los Bravú, Niña con pájaro.
Carlos Pazos. Las irónicas esculturas del artista. -
En el piso inferior de la galería se instalan piezas de mayor formato, entre las que resalta la presencia de Eva Lootz, que preside el fondo con Fray Bartolomé de las Casas, una obra que, sin situarse entre las más representativas de su producción, dialoga con el espacio desde una posición significativa. Cerca se sitúa La instalación de Esther Ferrer, esos marcos dorados, que resulta una de las más interesantes del conjunto. Vecina a ella, la pieza de Carmen Calvo, con ese gusto por una crueldad refinada que ahora exhibe y frente a ella, al otro lado de la pared, una emocionante pintura de Juana González, Dos, cuyo salvaje dramatismo guarda una estrecha relación con los nuevos expresionistas alemanes. No puedo terminar sin mencionar, para mí, la espléndida y contenida abstracción de Berta Cáccamo, o el tondo donde Pamen Pereira imagina a la luna entrando por la ventana. Dos atractivas obras rematan esta sintética referencia de la muestra: esa pequeña casa colgante de Curro Ulzurrun y la mística abstracción pictórica en verdes de Antonio Murado
Piezas que nunca debí haber vendido es un reconocimiento a coleccionistas privados —se podría decir que Asunta introdujo el coleccionismo en Galicia, pues antes de ella era mucho más residual y elitista—, pero añadir que en esta exposición se involucra la propia galerista. Piezas que nunca debí haber vendido vincula a los artistas de su galería con obras seleccionadas a partir del recuerdo de las circunstancias que motivaron la venta de cada una de las piezas. Es por ello que el hilo conductor resulte un tanto ecléctico y quizá desconcertante para los visitantes. Y aunque desconozcamos los esenciales motivos de su puesta en escena, creo que, en este caso, y por encima de nosotros, de los artistas y de las obras, se impone la propia galerista. Ella evoca sus vivencias y amplía hacia sí misma el homenaje, celebrando su lucha por mantener viva la galería durante cuarenta años. Una posición vital y profesional que, como mujer, aplaudo en toda su dimensión.
Marisa Sobrino Manzanares es catedrática de Historia del Arte de la USC.