«Los borrones de Dios»: delicada sensibilidad ética

Mercedes Boado

FUGAS

La escritora y diseñadora Begoña Peñamaría con su último libro, «Los borrones de Dios»
La escritora y diseñadora Begoña Peñamaría con su último libro, «Los borrones de Dios» MARCOS MÍGUEZ

02 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

T engo entre las manos Los borrones de Dios y, al abrirlo, me asalta una sensación inesperada: su edición es tan hermosa y cuidada que casi parece una profanación comenzar a leerlo. No es casualidad. Además de escritora, Begoña Peñamaría es una creadora de mirada estética precisa, alguien que busca belleza en todo lo que hace. Por eso confió en Editorial Lautana, del escritor Juan Mariñas, que en su doble condición —autor y editor— persigue lo que sabe esencial para ambos oficios: una casa que prioriza la calidad material y tipográfica del libro, y que da tinta, sin estridencias ni artificio, a las voces que lo merecen y no siempre la encuentran.

La belleza del objeto, sin embargo, es solo la antesala. Desde Homero, los grandes narradores lo han sido porque han sabido tocar la fibra sensible del corazón humano: unos para conmoverlo y sosegarlo, otros para agitarlo y despertarlo. Peñamaría logra ambas cosas. Y lo hace desde una tradición literaria que le pertenece: hereda de su tía-abuela, Elena Quiroga, la pasión por contar historias, por mirar el mundo con los ojos del relato, y ha sabido convertir esa herencia en una voz propia y madura.

En sus novelas —todas marcadas por una sensibilidad ética bien reconocible— la autora acierta en tres frentes. Acierta en los temas: hechos y situaciones que interpelan al lector, problemas candentes ante los que es preciso no apartar la mirada. Acierta en la creación de personajes auténticos, tan reales que no temen mostrar sus cicatrices y sus zonas de sombra. Y acierta, por último, en la manera de contarlo: con un lenguaje sencillo, ágil, natural.

Si en Jaulas, su anterior obra, Peñamaría encerraba 12 vidas adultas y las dejaba hablar sin tapujos, en Los borrones de Dios pone el foco en cuatro adolescentes —Peter, Teo, Laura y Alfredo— cuyas vidas han sido golpeadas antes de tiempo por conflictos. Peter sobrevive a los arrebatos de un padre maltratador; Teo soporta el acoso por ser distinto y atreverse a mostrarlo; Laura se autolesiona para amortiguar un dolor que no sabe explicar; Alfredo arrastra las secuelas de una adicción. Se equivocan. Sufren. Se sienten «borrones de Dios».

Peñamaría los contempla con compasión y humanidad. En sus páginas no hay juicio, sino lucidez. Y junto a ese realismo, la autora introduce una metáfora luminosa: la del «árbol viviente», un árbol que escucha, acoge, aconseja y consuela, como las mejores madres y los mejores padres. Al terminar la novela, el lector sale hondamente conmovido y, al tiempo, acompañado. Es un libro que deberían leer jóvenes y adultos; todos los que hayan sufrido heridas visibles o invisibles. Leedlo: saldréis reconfortados y con el corazón más despierto.

Mercedes Boado es catedrática de Latín.