Ofelia, una mujer difícil de olvidar

Mercedes Corbillón

FUGAS

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02 ene 2026 . Actualizado a las 13:02 h.

Duchácheste? Eso fue lo último que le dijo Ofelia a su marido, el hombre con el que dormía desde hace sesenta años, el mismo al que cuidaba con mañas de sargento que escondían las formas del amor que ofrece la rutina, el compromiso, la vida compartida con más costumbre que pasión, pero no por eso menos importante, menos valiosa. Supongo que preguntarle si se había duchado era su forma de decirle que pensaba en él, que seguía ocupándose de su bienestar a su manera entregada y férrea desde la cama de hospital donde mantenía la lucidez en un cuerpo inmovilizado por un síndrome de nombre raro. A veces las células se vuelven locas y atacan en la dirección equivocada. Las de Ofelia dispararon a sus nervios y su cerebro dejó de dar órdenes eficaces, las manos desobedecían, las piernas también, los médicos dijeron que todo lo demás se pondría en rebeldía, que tal vez podrían intentar jugar a los dioses con su carne para que viviera como los rosales de mi ventana, mortecinos vegetales que jamás florecen. Las hijas eligieron aceptar el curso natural de la pena y el destino ofreció una despedida a las cuatro de la madrugada, la hora en que los infiernos exhalan su infección, que diría Hamlet. Siempre me gustó su nombre, tan shakespeariano, para una mujer de pueblo que se casó por poderes, ella aquí y su marido en México, donde prosperaba e intentaba independizarse de un padre miserable y usurero. Cuántos gallegos acumulando monedas como si no valieran para nada más que para contarlas. Él sigue siendo un hombre generoso, alto, rubio, erguido, aunque enseguida necesita su andador, más ahora que perdió su apoyo. Deseó ser él el muerto, pero hay cosas que no se escogen. Lo abracé, pero no supe qué decirle. La vida pasa demasiado rápido y cuando te das cuenta estás en la prórroga y sin portero que pare los golpes. Ofelia tenía un carácter fuerte, poderoso, era complicada, como si arrastrase una injusticia de la infancia o de otra vida; era lista, divertida, refranera, de las que riñen con una mano y miman con la otra. Seguro que conocéis a alguien así, difícil de olvidar. Cuando cese nuestro llanto, ya no existirán y, sin embargo, son eternos en su lecho de agua y flores.