Cuando me desperté, la lluvia seguía ahí, inmutable como los huesos de un mamut en el permafrost, monótona y persistente, un escenario fijo por donde pasa la realidad a toda velocidad, noticias encadenadas que van desde Caracas a las calles de Teherán, desde el ala oeste de la Casa Blanca a la blanca Groenlandia, desde un edificio sin calefacción en Ucrania hasta una mansión en Bahamas, una casa de los sueños donde un hombre envejece rodeado de chicas a las que les sienta bien el bikini. No vayan a estropearte unos michelines la belleza de las palmeras o del mar Caribe.
En la arena, las mujeres escriben una historia que se llevará la marea. ¿Significa eso que no existe? No suele haber testigos cuando alguien grita en medio del bosque. El hombre es amable, dicen sus amigos. El hombre se sienta a comer con el servicio. Los ricos no suelen hacer eso, aunque estén solos en un yate, su tripulación no se sienta a su mesa. El hombre es amable, sí, tiene dinero, tiene poder, tuvo carisma y ahora tiene un cuerpo decrépito, miedo a la muerte y a los espejos. Durante la cena le pide a una de las chicas que le enseñe los senos. No hay agresión, para él, los senos son algo natural, solo quiere admirarlos. Dios hizo a las mujeres hermosas y a él le gustan, así, en general. Antes todas querían meterse en su cama, también las jovencitas como aquella hawaiana con la que estuvo siete años. Ella tenía 17 y el 49. Cada noche alguien visitaba el cuarto de ambos. Le enseñó a disfrutar del sexo. Las jovencitas necesitan un maestro que les muestre el camino del placer, un protector. Eso pensaba Gabriel Matzneff, el escritor francés, aunque para este, que sigue vivo, las de 17 eran mayores. Así lo defendía en la televisión pública sin problema. Las adolescentes «consentían», se enamoraban, agradecían ser alguien a los ojos de un ser tan especial. A todo el mundo le parecía bien, un ejercicio de libertad de las fascinadas niñas y un capricho entendible del intelectual. Lo perverso escondido en un cofre de cristal. Todos podían verlo y a nadie le parecía excesivamente feo. Qué bien lo cuenta Vanessa Springora, superviviente de aquel abuso disfrazado de historia de amor. Los hechos son los mismos, la moral cambia y no hay amor en la casa de las Bahamas.