Abrimos el debate de la novela como reivindicación de clase: ¿alguien ha permanecido en la condición de paria, de forma voluntaria, pese a haber logrado el éxito literario?
27 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Decir que un libro lleva a otro es una afirmación que suena escasa en una profesión como la nuestra. Los libreros tenemos la suerte de poder también nutrirnos de los lectores que nos rodean, y que sea todo su bagaje el que nos lleve a otros lugares. Con algunos de ellos hago un aparte un viernes de cada mes, después del trabajo, y charlamos sobre una lectura programada. Supongo que por pudor evitamos llamar club de lectura a estos encuentros. En una de las últimas ocasiones leemos En la tierra somos fugazmente grandiosos (Anagrama), de Ocean Vuong. Se trata de una carta escrita por el autor a su madre analfabeta desde su posición de emigrante vietnamita en Estados Unidos. Pobreza y trabajo precario son los temas, desde una perspectiva poética y compuesta de imágenes. Comentamos sensaciones, pero como grupo he de decir que somos contestarios y nuestro primer impulso siempre es buscarle las costuras al libro. Primera novela, taller de escritura, escenario no aprovechado, se dice. Sin embargo el debate abre una puerta: la novela cómo reinvindicación de clase. Y alguien reflexiona: convertirse en escritor tras reinvindicar la clase es a la vez abandonarla, la intención lleva implícita una promoción a nivel intelectual que casi siempre lo aleja del lugar desde el que escribe. Pero, ¿alguien ha permanecido en esa condición de paria, de forma voluntaria, pese a haber logrado el éxito literario proclamando dicha condición? La pregunta queda en el aire, al menos en el lugar que ocupo. E inmediatamente pienso en que cada mañana me visitan los lectores que podrán darme la respuesta.
En mi ronda de consultas, la primera aparición cumple el paradigma absolutamente. Henry Roth escribió Llámalo sueño (Alfaguara) en 1934. Nació en 1908 en Galitzia y escribió este relato de su vida como emigrante en el gueto judío de Lower East Side de Nueva York. En la década de 1960 alcanza relevancia cómo gran olvidada de la época de la depresión. Pese a esto, Roth vive durante décadas trabajando como leñador, maestro de escuela o criador de aves, alejándose voluntariamente del reconocimiento como creador de un clásico de la novela judeoamericana. No publica nada en seis décadas, hasta 1990, y no es hasta su muerte a los 89 años cuando se recuperan textos y honores.
Sin ayuda llego a Rodolfo Walsh, cuentista y ensayista del que siempre que puedo recuerdo que antes de A sangre fría hubo un ejercicio de periodismo literario, un libro antecesor de la autoficción y el true crime más actual, escrito por este montonero asesinado por la dictadura argentina, y que se llamaba Operación masacre (Libros del Asteroide). Walsh siempre ejerció su labor literaria cómo una vía para lograr sus reivindicaciones políticas. Un lector me aprueba su presencia aquí recordándome lo que él decía, que lo único capaz de modificar su escritura era su grado de militancia.
En España, la feliz y recientemente recuperada figura de Agustín Gómez Arcos, escritor exiliado, representa una forma de reivindicación rara. Dramaturgo, dos veces Premio nacional Lope de Vega en la década de 1950, se encontró con la paradoja de que sus obras no podían ser representadas en su país debido a la censura. Se vio abocado al exilio debido al acoso de la dictadura, y es en Francia donde desarrolla su carrera tras trabajar como camarero en un café-teatro de París. Toda su producción fue escrita en francés como agradecimiento a la acogida, pero quizás también haya sido su forma de protesta ante esa España que en lo personal lo forzó al exilio y que culturalmente lo olvidó. Quiero acordarme de él porque ,pese a haber alcanzado las cotas literarias y de prestigio más altas, su tema, y sospecho que su espíritu, nunca quiso arrancarse el estigma del repudio sufrido. Sus obras están publicadas en la editorial Cabaret Voltaire.
Sin abandonar el estante de esta fantástica colección llego al sorprendente Alfredo Gómez Morel. De este chileno su entrada de Wikipedia dice que nació en 1917 y que fue escritor y delincuente. Abandonado siendo un niño, vivió entre correccionales y la cárcel hasta ser preso 288 veces. En sus períodos de libertad, trabajó como periodista o guardaespaldas de Perón, entre otras ocupaciones variopintas. En 1961, escribió desde el penal de la más conocida de sus novelas autobiográficas, El río. Murió en 1984 en la indigencia, pese a los intentos de reclamar la atención de la intelectualidad chilena e incluso de la dictadura de Pinochet. Es casi imposible no pensar en los paralelismos entre su vida y la de Jean Genet.
Sin dejar el país, pero ya en el catálogo de la editorial Las Afueras, nos encontramos un referente de la denuncia política y de la contracultura chilena. Habitante de la misma marginalidad que Gómez Morel, Pedro Lemebel ejerció a través de la escritura una oposición izquierdista y firmemente defensora de los derechos del colectivo LGTBI pese al difícil escenario dictatorial. A su muerte, en el 2015, su irreverencia y su particular estilo había alcanzado la categoría de mito entre la clase obrera y los colectivos minorizados en toda Hispanoamérica. Así fue despedido, y así es felizmente leído también en España, donde títulos como Poco hombre o Tengo miedo torero se han convertido en clásicos contemporáneos.
Son solo unos pocos de esos escritores que, como Annie Ernaux, escribieron para vengar a su raza. Espero haber olvidado a muchos, y que a tantos que faltan, me sigan llevando los mismos que sostienen y ensanchan los estantes de una librería: sus lectores.