Cuando el cineasta Jafar Panahi (Mianeh, Irán, 1960) subió a recoger la Palma de Oro por Un simple accidente, contó que el coguionista de la película está encarcelado. De hecho, el propio Panahi ha pasado temporadas en prisión, bajo arresto domiciliario, con prohibición de viajar fuera de Irán y con prohibición de hacer cine. Por decir la verdad. Cualquiera pensaría, entonces, que la película en boca de todos es cine social. Y es cierto, lo es, pero con un enfoque tan ingenioso que uno no puede despegar los ojos de la pantalla ni cerrar la boca en los 102 minutos que dura el metraje.
El ingenio parte del propio planteamiento de la trama: un hombre viaja en coche con su mujer y su hija, se le avería el motor y entra en un taller cercano para pedir ayuda. Cuando el dueño del taller lo ve, desde lejos, entra en pánico y corre a esconderse hasta que el hombre se marcha. Entonces, después de dudar un momento, decide seguirlo.
Ahí comienza una historia de venganza tan simple y tan demencial como atroz es su final. Solo hacen falta una furgoneta, un hombre de buen corazón, una fotógrafa, dos prometidos y un loco para cocinar el argumento. Con esos escasos ingredientes queda retratada, casi sin querer —pero claramente queriendo—, la realidad de Irán: el miedo, la represión, la humillación, la falta de libertad y una ausencia de sentido tan rampante que resulta incluso cómica.
Un final «brechtiano»
El desenlace de Un simple accidente, a la altura del resto de la historia, sigue la escuela del dramaturgo alemán Bertolt Brecht: se trata de una conclusión anticlimática, que se opone a la catarsis clásica y que parece confeccionada con cuidado para despertar el pensamiento crítico en el espectador. La pantalla negra llega de golpe, como un puñetazo, y deja en el aire dos preguntas. Una es el típico: «¿Qué haría yo en esa situación?». Y la segunda y más importante: «¿Cuál es el verdadero sentido de la venganza?».