La artista vuelve a Galicia con La Oreja de Van Gogh demostrando que las críticas la hacen más fuerte. Tras un controvertido arranque, la gira se ha convertido en un evento canónico
04 sep 2026 . Actualizado a las 11:43 h.El verano del 2024 aceleró como un torbellino lo que ocurrirá en el Coliseum de A Coruña los días 11 y 12 de septiembre. Hace dos años Amaia Montero reaparecía en escena —esta vez sí, voluntariamente— con la intención de recuperar un trono en la esfera del pop que quizás nadie le había quitado nunca. De la mano de Karol G llegó al Bernabéu tan despampanante como naíf y entonó Rosas, una de las canciones más icónicas de La Oreja de Van Gogh, el grupo con el que estaba a punto de vivir un auténtico culebrón.
La actuación ante decenas de miles de ojos fue la descripción de farmear aura, y el punto de inflexión definitivo para que se destara la locura entre unos fans que generaron la polémica musical más encendida y misógina de la década. ¿Iba a volver Amaia al grupo que la consolidó como artista? ¿Qué pasaría entonces con Leire Martínez? O eras de un team o eras de otro, y a la vista de lo que dicta el tiempo no hay ninguna que haya salido más victoriosa que la otra.
Es cierto que mientras Leire vuela en solitario, Amaia conquista corazones con la gira Tantas cosas que contar Tour 2026, que tras un arranque comprometido y cargado de críticas en las redes, llega a Galicia habiendo ganando la partida. El de estos conciertos es uno de los casos más flagrantes de desconexión entre el relato de internet y de mundo real. Si en primavera campaban vídeos de una Amaia al borde del colapso en sus primeras actuaciones, y tirando de una voz que apenas le llegaba para dirigirse al público, conforme avanzaba la gira por diferentes ciudades de España, el boca a boca ganaba la batalla. O la nostalgia más bien. Porque apenas hay asistente que salga indemne de escuchar en directo, de nuevo y en voz de esta donostiarra de 50 años, clásicos como 20 de enero, Geografía o París. Entre otras cosas, porque este reencuentro ha sido uno de los más pedidos del panorama musical en España.
No sabemos si algún día se juntarán de nuevo Ana Torroja y los hermanos Cano, tampoco si existe la posibilidad de asistir al revival de Pereza de la mano de Leiva y Rubén Pozo. Pero ver de nuevo juntos a Xabi, Álvaro, Haritz y Amaia calienta el corazón de muchos, aunque tengan clavada la espinita de la ausencia de Pablo Benegas. El guitarrista y letrista de algunas de las composiciones más relevantes de la banda se bajó del barco cuando, es cierto, había la posibilidad de que se hundiera. Es decir, justo después de la salida forzada de Leire del grupo.
Es curioso porque, de hecho, fue Benegas quien descubrió a Amaia Montero, forjando fortuitamente la leyenda del pop nacional. Ocurrió a mediados de los años noventa en San Sebastián. Pipiolos, los chicos que hoy mueven masas ya tenían una banda llamada Los Sin Nombre, pero buscaban una voz femenina. En una cena de amigos comunes en la que, por cierto, él iba vestido de tuno, Amaia se arrancó a cantar a capela Nothing Compares 2 U, de Sinéad O'Connor, y Pablo se quedó enamorado del tono de su voz.
Entendidos y sabelotodo han puesto en entredicho en los últimos meses la manera de cantar de Amaia. De moverse. De vestirse. Y prácticamente hasta de respirar. Pero la muñeca de trapo —canción escrita también por Benegas— se volvió de acero y, como ha confesado en las contadísimas entrevistas que ha concedido, «todo lo que no sea vital me importa un bledo».
La cantante sabe lo que vale un peine y ha sufrido unos años mucho más que complicados. Tras despegar su carrera en solitario, que nunca voló alto, tuvo problemas de salud mental muy graves, como ella misma ha indicado, que la llevaron a acabar ingresada en una clínica especializada. A esto se sumaron los charcos en los que se ha metido —cabe recordar la polémica con la cantante Malú, a quien veladamente acusó de gordófoba—, que de forma impía fueron modificando la imagen dulce y cándida que la sociedad tenía de esta mujer.
Los tiempos de oscuridad pasaron y Amaia ha escogido dar la cara de la manera más valiente que tiene a su alcance: ante el escrutinio de público cada fin de semana. Quizás no sepa hacerlo de otra manera.