La muerte en vivo

JAIME MEILÁN NUEVA YORK

INTERNACIONAL

El corresponsal de La Voz, testigo de la tragedia Hay días llamados a cambiar la percepción de la realidad. Mañanas en las que pesadillas propias de la más aterradora de las ficciones llaman, casi literalmente, a tu puerta. Cobran vida. Ayer fue uno de esos mojones existenciales.

11 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

La pesadilla comenzó con una sorprendente llamada telefónica. Era un amigo, vecino de Valencia, que me anunciaba que un avión se había estrellado contra las Torres Gemelas. Lo decía la tele española, me aseguró. El estruendo de la colisión no había alcanzado mi apartamento, aunque se encuentra a pocos minutos de los dos rascacielos. Y, en fin, el autor del mensaje es especialmente dado a las bromas más inesperadas. Nada semejante puede haber ocurrido, me dije para mis adentros. El rascacielos herido Confirmarlo no era complicado. Desde mi manzana se pueden contemplar, siempre majestuosos, los perfiles de las Gemelas. Destacan en la más famosa de las líneas del cielo. Pero el impresionante paisaje había cambiando esta mañana (ayer para los lectores). Uno de los rascacielos se había convertido en un gigante que escupía humo por una extraña herida abierta cerca de su cumbre. Y llegó otro avión -que ahora sabía que lo de mi amigo no era un mal cuento-, y abrió las entrañas de la segunda torre. Y la gente a mi alrededor se llevó las manos a la cabeza. Gritó con horror. Se frotó los ojos confiando en que todo fuera un mal espejismo. Las dudas no tardaron en disiparse. Las Gemelas dejaron de ser tales en cosa de minutos. Ya no eran dos. Sólo había una torre, solitaria. La otra había desaparecido del mapa. Se había desmoronado. En su lugar apareció un inmenso hongo, como el que en tantas imágenes hemos visto asociado a una explosión nuclear. Y llegó otra estremecedora nube de polvo, y nos dejó saber a los atónitos espectadores que nuestra línea del cielo había cambiado para siempre. Y los gritos se tornaron en un silencio pavoroso. No sólo dos emblemáticos edificios se habían desvanecido ante nuestros ojos. La inocencia de los americanos, si alguna quedaba, había huido también con la tragedia. El enemigo, siempre lejano, golpeó esta vez en los mismísimos dominios de la estatua de la Libertad. Se habló de Pearl Harbour. Pero incluso en aquella ocasión el ataque japonés se había limitado a un archipiélago exótico del Pacífico. Mi vecino David Robinson se me acercó para preguntarme si sabía algo sobre las víctimas. La esposa de este conductor del metro neoyorquino, Adelita, trabaja en el complejo del World Trade Center, el que hasta ayer estuvo coronado por las Gemelas. David no había conseguido hablar con ella. Las comunicaciones telefónicas estaban interrumpidas. Le dije que seguro que Adelita estaba bien. Manola Tejada cerró su consulta médica y se unió a la comitiva de miradas vacías por el miedo, o llenas de indignación. «Ésto es increíble», acertó a balbucear. En la calle no había una sonrisa. Sólo rostros apesadumbrados. Alcanzar Manhattan se convirtió en una tarea imposible. La isla había sido sellada. Los túneles y puentes que unen la isla al resto del continente eran sólo para los vehículos militares y de emergencia. Sólo quedaba contemplar el infierno a través de la televisión. Escuchar las llamadas pidiendo con urgencia donantes de sangre. Confiar en que la piel de algún ser querido no se hubiera abrasado en las llamas del odio. Esperar impacientemente por lo que ofrecerá el paisaje después de la batalla. Hay días, como éste, en los que, aunque los cadáveres sean anónimos, se puede contemplar la muerte en directo. Mañanas que sólo invitan a concluir que algunos seres humanos no se merecen haber nacido.