PERFIL
22 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Pastún, como la mayoría de los afganos, políglota y formado en Occidente. Quienes lo conocen dicen que Hamid Karzai, el nuevo presidente afgano, se siente tan cómodo con traje y corbata como con turbante y túnica. Desde hoy, tendrá que hacer operativo un gobierno de treinta miembros procedentes de etnias enfrentadas y romper el ciclo de dos décadas de violencia que ha sacudido a su país. Además, su administración deberá convivir con los poderosos señores de la guerra que permanecen en Afganistán. Karzai, casado y con 44 años de edad, llega al Gobierno desde el campo de batalla de Kandahar, a pesar de que, hasta hace unos meses, nunca había tomado parte en una acción militar. Durante la lucha contra la ocupación soviética (1979-1989), sirvió como asesor de los muyahidines y como diplomático. Tras la retirada de la URSS, ocupó varios puestos de responsabilidad en el Gobierno de Rabani, pero, como muchos otros afganos, se decepcionó ante la incapacidad de los muyahidines para gobernar el país. Por ello, en un primer momento, no vio con malos ojos la aparición del movimiento talibán e incluso contribuyó a financiar a la milicia, que le ofreció ser su embajador en la ONU. Pronto se desengañó y comenzó a reorganizar la oposición a la milicia integrista en 1998, recabando el apoyo de líderes tribales pastunes descontentos con los estrechos lazos entre los estudiantes coránicos y los árabes radicales. A esta resistencia se sumaron Estados Unidos y Reino Unido durante la guerra. Representante oficial del exiliado rey Zahir Shah, sus convicciones monárquicas tienen también una razón histórica, ya que casi todos los reyes afganos desde el siglo XVIII son de su mismo clan popolzai.