Arafat se sienta en el banquillo

La Voz

INTERNACIONAL

El líder palestino, acusado de corrupción y debilidad con los judíos, pierde fuerza entre su pueblo Arafat está en pleno deshielo, pierde gancho. Se le perdona un mal alcantarillado, pero no le pasan que sea blandengue con Israel. Aquel terrorista que fue malo como la quina es hoy un hombre que convirtió la violencia en odio callado, la sangre en Fanta. Ya no clama venganza. Y su hoja de servicios lleva grapados grandes escándalos de corrupción. Por eso el pueblo palestino prefiere la mano ejecutora de Hamas, que tampoco se ocupará del alcantarillado, pero sí de pasar a cuchillo al enemigo judío. «Algún día se firmará la paz, pero yo no dejaré jamás de odiar a los judíos». Lo dice Omar Eid, palabra de Dios en el barrio palestino de Salfit.

27 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Arafat vive confinado en Ramala. Israel lo acusa de alentar los atentados. Arafat era un terrorista, pero no un terrorista de olla exprés. Tenía el magnetismo del hombre elegido y reflejaba en su rostro la voluntad de martirio. Había leído libros de hazañas y de caballería y llegó a la disparatada paranoia de que si Roma tuvo un César, Cartago un Aníbal, Grecia un Alejandro, ¿por qué no iba a tener Palestina un Arafat? Era un sonámbulo genial que dio rostro a un sueño. En todas las apariciones, paseos, parrandas y fiestas, posó para la historia. Arafat fundó Fatah e iba a los entierros de los terroristas. Montaba su estado mayor en cualquier hotel de cualquier ciudad, en cualquier jaima. Este ocaso ya parece tarde para el hombre del keffieh negro y blanco. Ahora pide negociación, pero los palestinos radicales miran a Hamas, que tiene tantos ojos y tantos niños bomba como días del año. Un Corán, una media luna, una serpiente, cualquier símbolo es bueno para matar en nombre de Dios o de la bandera. Guerra de poder A la guerra contra el enemigo israelí se suma ahora una guerra de poder. Arafat, líder indiscutible hace años, es hoy un hombre que ya no arrastra más que a su sombra y a unos cuantos fieles «que temen perder su privilegiada posición», en palabras de Omar Eid, el cabecilla de la causa palestina en el barrio de Salfit. También dice sin rubor alguno que si algún día se firma un plan de paz, Israel reconoce el Estado palestino, los judíos abandonan los asentamientos, «seguiré odiándolos hasta que me muera». Este hombre no perdona a los judíos, pero tampoco a la OLP el abandono de sus peticiones maximalistas de pasadas décadas -que suponían la desaparición del Estado judío- para apoyar unos acuerdos de paz cuyas ambigüedades respecto a los temas esenciales contienen en germen la situación sin salida que se vive hoy. Yaser Arafat nunca siguió las vías trazadas por Gandhi y Nelson Mandela: su retórica inflamada no se tradujo en propuestas razonables y concretas y se volvió a la postre contra él. Su mini gobierno en Gaza ha sido un triste modelo de arbitrariedad y corrupción, muy lejos de las promesas democráticas formuladas durante su etapa de líder tercermundista. Desengañada, oprimida y sin esperanza alguna de futuro, la juventud palestina, hacinada en los guetos y campos de refugiados, en unas condiciones más duras que las de Sudáfrica antes del final de la segregación, se aferra cada vez más al discurso religioso de Hamas y la Yihad Islámica. En la lista de preferencias del pueblo judío se coloca en primer lugar «la muerte de Ariel Sharon», y en segundo, «la caída de Arafat». Quien lo siente así es Hamdi Qoraam, director de una pequeña escuela en Belén. Uno de sus alumnos más aventajados lo explica: «Arafat perdió la batalla económica y la de las armas contra Israel». Justo lo que quiere oír Sharon.