SAMUEL PARRA OPINIÓN
11 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.La iniciativa de paz que auspicia Arabia Saudí para Oriente Medio es un bis de los preacuerdos alcanzados en Taba tras las conversaciones de Camp David. El emir saudí Abdulá se ha limitado a copiar punto por punto las propuestas formuladas en su día por Bill Clinton. El plagio saudí, por ende, es imperfecto y omite aspectos esenciales. Estos «olvidos», que son premeditados, colocan al Estado israelí contra las cuerdas. La fundamentalista monarquía saudí pretende que Ariel Sharon y Yaser Arafat suscriban un pacto exclusivamente bilateral cuyos objetivos fundamentales son dos: restablecer las fronteras anteriores a la guerra árabe-israelí de 1967 y crear un Estado palestino. Curiosamente, el plan afecta a varios países, pero deja las manos libres, entre otros, a Siria y Líbano, que podrían interpretar unilateralmente el nuevo escenario y obrar sin compromiso ante nadie. Por esta razón, la diplomacia israelí -es decir, los laboristas de Simón Peres- intenta convencer a la familia Feisal de que reelabore su plan antes de que sea debatido en la conferencia panárabe. Si la propuesta saudí, tal cual está redactada, obtuviera el respaldo de los 22 países que asistirán a la cumbre de Beirut, Israel aparecería como único escollo para la paz. Pero el asunto no es tan simple. Responsables de la sangría son todos, tanto las autoridades israelíes como las palestinas, y también la Administración estadounidense, la «oportunista» monarquía saudí y la timorata Unión Europea. En ese escenario es temerario imputar culpas.