ANXO LUGILDE OPINIÓN
03 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Hace un año, el Parlamento argentino invistió de poderes absolutos a Domingo Cavallo, el gran derrotado, junto a Eduardo Duhalde, en las elecciones presidenciales de 1999 con el 10% de los votos. Una cámara de centro-izquierda se autoinmoló para que el gran pope del neoliberalismo sacase al país del desastre que él mismo había diseñado. En su libro El sueño eterno. Ascenso y caída de la Alianza, el periodista Morales Solá sostiene que De la Rúa recurrió a Cavallo por presiones de los brookers -esos jovencitos de la city como los llama Ramonet- porque su nombre era conocido y bien visto por los mercados. El experimento acabó con De la Rúa imitando a Isabelita Perón, al escapar en helicóptero de la Casa Rosada, y con Cavallo convertido en el padre del corralito financiero, el hijo natural de la convertibilidad, la artificiosa paridad entre peso y dólar que lucró a tantos especuladores y colapsó a un país entero. Con Cavallo, está en la cárcel, si bien preventivamente, toda una época. Él, tras dirigir el Banco Central en la dictadura, protagonizó el llamado golpe del mercado contra Alfonsín y lideró el espejismo de los primeros años de Menem, los tiempos de una cultura del pelotazo como la española de los 80, pero medida en dólares no en pesetas. Caben dos interpretaciones: Argentina no es una república bananera, como a menudo parece, y su sistema institucional funciona. O simplemente el poder intenta calmar al enfurecido pueblo ofreciendo la cabeza del gran traidor.