El presidente de EE.?UU. quiere terminar el trabajo que su padre dejó inacabado en 1991. Pero muchos se preguntan si triunfará donde antes fracasó su progenitor
04 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.«Sólo hay odio en mi corazón para Sadam Huseín. Es una bestia que ha usado gas nervioso contra su propia gente». De esta forma contundente, George Bush padre rompió hace unos días su silencio sobre la crisis con Irak. «Es un tipo que intentó matar a mi papá», dijo el pasado jueves su hijo y actual presidente de la hiperpotencia mundial, refiriéndose a una supuesta conspiración dirigida por su bestia negra para acabar con la vida de su progenitor en 1993. No hay duda, los Bush están obsesionados con Sadam. Bush I fue el hombre que pudo acabar con el dictador iraquí en 1991, pero no siente ningún remordimiento por no haberlo hecho. No era ese el objetivo, sino sacar a los soldados iraquíes de Kuwait, afirma. Si bien reconoce que cometió un error de cálculo: «Yo creía que Sadam acabaría cayendo por sí mismo, y que sólo era cuestión de tiempo». Argumentos Sin embargo, el argumento de fondo para dejar en su puesto al tirano y cruzarse de brazos mientras sus tropas acribillaban a los kurdos y a los chiíes, que se rebelaron en el norte y en el sur del país, respondía a los propios intereses norteamericanos. Washington prefería a un Sadam debilitado, pero con el poder suficiente para mantener unido su país, que un Irak desmembrado a merced de Irán. Lo cierto es que George Walker Bush se encuentra ante una disyuntiva parecida a la que afrontó George Herbert Walker Bush, con el mismo objetivo en la diana. ¿Triunfará el hijo donde fracasó el padre hace once años? Un «psicodrama político de alto nivel, puro Shakespeare», escribió el columnista de The New York Times William Safire. Heredero de Reagan más que de su propio padre, más conservador, menos intelectual, más pragmático, más populista, más político que éste, George W. pretende un «cambio de régimen», derrocar al tirano. Mientras Bush II actúa como un campeón del unilateralismo, Bush I creía en la «diplomacia personal», en estrechar lazos con los líderes mundiales mediante llamadas telefónicas e invitaciones a Maine, como resalta en sus memorias A world transformed . Así hizo buenas migas con los líderes europeos y las monarquías del Golfo, las que ahora ha deteriorado su hijo. La sombra del 41 presidente de EE.?UU. está presente en la Casa Blanca, aunque sólo sea por el número de antiguos colaboradores que ahora trabajan con el 43. El 41 y el 43 es como les denominan a padre e hijo en la Casa Blanca. Aunque Bush padre no ha revelado si ha aconsejado a su hijo sobre cómo tratar con el dictador, lo cierto es que, según The Wall Street Journal , sus consejos han sido decisivos para que el actual dirigente haya optado por formar una coalición multilateral que cuente con el apoyo de la ONU, en la línea de lo que hizo su padre, aunque también haya remarcado que está dispuesto a actuar solo. Esta búsqueda de apoyo en Naciones Unidas es una victoria momentánea de las tesis del moderado Colin Powell frente a los halcones Donald Rumsfeld y Dick Cheney. Bush senior no ha salido a la palestra pública, pero ha enviado mensajes de moderación a su hijo, a través de sus ex colaboradores James Baker y Brent Scowcro, considerados internacionalistas. Lo que sí se sabe es que el 43 y el 41 hablan regularmente, casi todos los días, pero se desconoce el contenido de las conversaciones. Al padre no le gusta inmiscuirse en los asuntos del presidente, pero no se corta cuando éste le pide consejo, sobre todo en asuntos mundiales. Bush junior tenía al llegar a la Casa Blanca un alarmante desconocimiento y una evidente falta de experiencia en estos temas. Al contrario, Bush senior había sido embajador en China, en la ONU, director de la CIA y vicepresidente de Reagan antes de acceder al cargo. Elizabeth Mitchell, en su competente biografía W: revenge of the Bush Dynasty , hace un referencia cruel al joven Bush, al que llama «mono de repetición de su padre, sin faltar al respeto a George W. ni a los simios». Su éxito ha sido lograr que se olvide que es un hijo de papá e imponer una imagen de cowboy con botas siempre simpático y dispuesto al contacto con la gente, alejada de la de su padre, el típico patricio de Nueva Inglaterra, frío y elitista. Bill Minutaglio, biógrafo del actual presidente asegura que éste «siempre se ha medido con su padre en todo lo que hace». Por ello, estima que «George W. no estará en paz hasta el día en que sea reelegido para un segundo mandato» o «cuando haya derrocado a Sadam Huseín». Es la obsesión de los Bush.