Entre el amor y el odio a EE.UU.

Jürgen Hein KABUL

INTERNACIONAL

Un año después, la mayoría de los afganos están agradecidos porque los talibanes ya no están en el poder, pero siguen malviviendo en un país que está devastado.

05 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Mardina Yahum, de 14 años, puede volver a la escuela. Su padre, Safirullah, no tiene trabajo, pero confía en un futuro mejor. El farmacéutico Suleiman Wali agradece que Occidente haya expulsado a los talibanes. En cambio, Mohammed Sadek habla con odio de Estados Unidos porque una bomba destruyó su casa y su almacén de muebles. Un año después del inicio de los bombardeos estadounidenses, el 7 de octubre del 2001, el ambiente en la capital afgana, Kabul, abarca desde la esperanza a la amargura. El campamento en el que vive Sadek, de 63 años, se llama simplemente Dos calles al lado del aeropuerto . En él malviven las víctimas de la guerra contra los talibanes y la red terrorista de Al Qaida. Amargura Una de las primeras noches de la guerra, un piloto estadounidense pretendió destruir un helicóptero del aeropuerto de Kabul. Disparó una bomba de una tonelada de peso, pero el control por satélite falló y la bomba cayó sobre el barrio. «Fue como un terremoto», dice Sadek. Una niña murió y seis casas quedaron en ruinas. Por ello, Sadek vive con su gran familia en una cabaña. «Una organización humanitaria nos ha traído un saco de harina y aceite de cocina; nadie más nos ha ayudado», se queja. El valor de su casa lo estima Sadek en unos 5.000 euros. «¿Cuánto cuesta una bomba?», pregunta. Ahora consiguió un crédito, contrató a un carpintero y dos albañiles y comenzó él mismo con la reconstrucción de la casa. Pero el salario diario de los trabajadores ha aumentado de 100.000 a 300.000 afgani (de unos dos euros a seis). También los ladrillos son más caros. «Mi barba se ha vuelto cana de tanta preocupación», afirma. Esperanza Sin embargo, Nahid Sarfaras, de 21 años, ha prosperado. Como niña refugiada fue a la escuela en Pakistán, donde estudió inglés. Tras volver a Kabul en el año 2000 tuvo que vivir bajo arresto domiciliario. Con el régimen talibán, las mujeres no podían ir a la escuela. Sin parientes masculinos no podían siquiera abandonar la casa. Pero Nahid siguió estudiando en su casa. Tras la huida de los talibanes obtuvo un trabajo de traductora en un congreso celebrado en el Hotel Continental. La Sociedad Alemana para Cooperación Técnica la encontró allí y ahora es secretaria. Mantiene a su familia con su su salario. Tiene grandes planes: «Quiero estudiar, conseguir una buena posición y hacer algo por este país», dice. También Asis Nursai, de 29 años, narra una historia con final feliz. Bajo los talibanes, Internet estaba prohibido. Ahora ha florecido el negocio de las computadoras. Asis estudió el oficio cuando estuvo refugiado en Pakistán y ahora dirige en Kabul la filial de una empresa de comercio de Oriente Medio. «El negocio va bien», dice satisfecho. No obstante, Nahid y Asis pertenecen a una minoría. En lo político tampoco hay euforia. Es indiferente que en el gobierno estén los talibanes, Al Qaida, los ex muyahidín o los disidentes sedientos de poder. La vuelta a la guerra civil está latente, sostiene el ingeniero Isai Hilaman. «El mundo entero apoya al presidente Hamid Karzai, pero aquí está solo», afirma. En algo coinciden los ciudadanos de Kabul, los cooperantes y los soldados de la Isaf: Esto es sólo el comienzo y sólo mucho dinero de Occidente puede lograr que todo siga adelante.