El «carnicero de Kampala» deja sus cuentas pendientes

Xurxo Fernández Fernández
Xurxo Fernández A CORUÑA

INTERNACIONAL

STRINGER

La tiranía a la que el enorme bufón sometió a Uganda, entre 1971 y 1979, causó cientos de miles de muertos por los que ya nunca dará explicación a los «eficaces» organos internacionales

16 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

Al viejo poder colonial se le ha muerto un hijo bobo . El viernes por la noche en Jeddá, Arabia Saudí, cayó un símbolo de aquellos tiempos en que las potencias europeas trataban de mantener su influencia sobre los reductos africanos a costa de formar futuros dictadores. Así surgió un ugandés de inmensas proporciones que consiguió llegar al poder en su país con el apoyo exclusivo de sus crueles y consentidas exhibiciones de fuerza. Al principio, a los líderes internacionales les hizo gracia ver aquel corpachón, de casi dos metros y muchos más de cien kilos, medio oculto por una ristra de medallas hechas a su medida, compartir tarima con otros jefes de estado. Su pública torpeza despertó simpatías y para cuando se hizo evidente que Idi Amin tenía más de carnicero que de bufón, frenar la sanguinaria carrera no fue sencillo. Al carnicero de Kampala (capital de Uganda), el devorador de hombres que no sabía leer ni escribir, se le atribuyen cerca de 300.000 muertes. Al exiliarse, dejó a sus espaldas congeladores repletos de carne humana. El triunfo del cocinero El ex dictador nació en el poblado de Koboko en 1925 y con 18 años entró a servir de cocinero en las fuerzas coloniales británicas (los King's African Rifles). Pronto cambió los fogones por el fusil y su enorme fuerza y corpulencia le ayudó a ascender hasta el grado de sargento mayor (el más alto cargo para nativos). Su currículo militar se infló a costa de la guerra en Kenia, donde, aún como cabo, dio a conocer su crueldad (torturas y violaciones) en la lucha contra los rebeldes Mau Mau. En 1962 los ingleses se fueron de Uganda. Tras ellos quedaba un Idi Amin campeón de boxeo en la categoría de los pesos pesados y encumbrado como soldado, y un nuevo primer ministro, Milton Obote, que encargó al carnicero dirigir las tropas de apoyo a la guerrilla del vecino Congo. Allí, las juergas con sus hombres, su odio a la clase diplomática y sus rudimentarios modales, le granjearon las simpatías de los militares. Al tiempo que se hacía respetar entre sus compañeros de armas, hizo fortuna con el tráfico de marfil. De vuelta a casa, en 1966 fue nombrado jefe del Ejército y durante cinco años permaneció leal a Obote. Pero eso se acabó en 1971, cuando aprovechó un viaje del presidente a Singapur para derrocarle (el jefe de Estado se lo temía y trató de expulsar a Amin de su cargo, aunque llegó tarde). La primera medida del nuevo líder fue hacer asesinar a sus opositores y a los miembros de etnias que no le agradaban (la suya era la kakwa). Recibió el respaldo internacional (la misma Reina de Inglaterra lo alojó en palacio), pero sus relaciones con el régimen libio de Gadafi y su decisión de expulsar a israelíes, paquistaníes e indios para dejar los negocios de éstos en manos de sus amigos (adujo que lo hacía porque Dios se lo había ordenado en un sueño) le restaron muchos apoyos. Su mayor error de cara al exterior fue el de permitir aterrizar en su país a un avión secuestrado por terroristas palestinos. En el interior, la situación económica era caótica e incluso los suyos comenzaban a reprocharle sus decisiones (mandó torturar y matar al ministro de Justicia por unas críticas en público y luego pidió que se lo sirvieran para comer). El terreno estaba abonado para el regreso de Obote, en abril del 79, con ayuda del ejército de Tanzania. Amín, con seis mujeres y treinta hijos, se exilió primero a Libia y luego a Arabia Saudí, donde murió sin ser juzgado. Los órganos internacionales y los de su propio país lamentaron ayer no haber tenido tiempo (en 24 años) para sentarlo ante un tribunal.