Israel sigue firme en su creación de una nación propia en Palestina. Desprecia planes de paz y se empeña en levantar barreras, aunque tenga que pagar con vidas el peaje
31 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.Conozco bien el lugar: al principio de la calle Azza, en el centro e Jerusalén. No muy lejos está la cafetería Moment, donde solía encontrarme con mi amiga Orly, del Ha'aretz, y con la gente de Reuters y Associated Press. Esa cafetería saltó ya por los aires en el 2002, y ya entonces escribimos que la bomba había sido una macabra forma de tocar con los nudillos en la puerta de Ariel Sharon. Efectivamente, la casa del primer ministro está muy cerca. Mira a esa calle por una de sus fachadas. Por otra da a la calle Balfour, un nombre que encierra la semilla misma del conflicto: de la Declaración Balfour de 1917 nació el compromiso británico que crear «un hogar nacional judío» en Palestina. Las consecuencias de aquellas promesas las simbolizaría precisamente la calle Azza, o Gaza (el primero es el término hebreo) donde el suicida del viernes abordó el autobús 19: siguiendo imaginariamente esa calle, uno llegaría, después de muchos kilómetros, a la Franja de Gaza, la gran cárcel en la que viven hacinadas un millón de personas. Venganza Gaza es el infierno en la tierra, un infierno donde a veces entran los carros de combate para acosar a los condenados, como sucedió también esta semana, el día antes de la bomba de Jerusalén (el mismo número de muertos). Y girando hacia la izquierda se llega hasta Belén, la ciudad de la que procedía el suicida. Ayer los blindados hicieron ese recorrido para llevar su venganza también hasta las puertas de la casa de sus enemigos. ¿Es esto, como se escucha, «un nuevo revés» para lo que los medios llaman, con abierta exageración, «el proceso de paz»? Ciertamente, no. Oriente Medio es un lugar que si se caracteriza por algo es porque, suceda lo que suceda, ya ha sucedido alguna vez antes. Ya hubo una bomba en la calle Azza, ya alguien se había inmolado en los umbrales de la casa del primer ministro, ya antes se arrasó Belén. La hoja de ruta está muerta, pero antes lo estuvieron el plan Plan Tennet, y el Informe Mitchell, y los Acuerdos de Taba, y los de Oslo... Todos estos documentos duermen un mismo sueño en una papelera que hay en el despacho de esa casa, la del primer ministro. No es la papelera de Sharon. Ya era la de Barak, y la de Netanyahu, y antes perteneció a Rabin. Todas estas cosas: atentados, invasiones militares, calendarios de negociación, son lo accesorio en el conflicto. Por paradójico y cruel que resulte decirlo, es precisamente por repetirse una y otra vez por lo que estos hechos no dejan huella ninguna en la realidad, no alteran el curso de los acontecimientos. Lo que importa, lo que de verdad deja huella es aquello de lo que apenas se habla porque sucede demasiado despacio para poder ser captado por ese instrumento a veces burdo que es nuestro oficio de periodistas: me refiero al proceso, pausado pero persistente, de desposesión de los palestinos, que no se ha detenido un instante desde aquella Declaración Balfour. Una tierra confiscada aquí, allí otra declarada de uso militar, unas hectáreas apartadas para una imaginaria zona verde en aquel otro lugar... El célebre Muro no es más que la forma solidificada, la encarnación en piedra, de la Gran Idea que ha animado Israel desde su creación: un Estado étnico (judío) en Palestina. Nada más. Sharon, en horas bajas Muchos analistas bienintencionados se engañan al creer que después de Sharon vendrá la paz como se engañan también al creer que antes de Sharon reinaba la esperanza. Sharon, es cierto, está en horas bajas (y aún así, hablamos de un 33% de aceptación). Pero es personal: el hastío de su retórica, sus escándalos de corrupción... En las mismas encuestas, el sustituto preferido es Binyamin Netanyahu, precisamente porque se le percibe como aún más intransigente (no lo es, tan sólo más oportunista). En la misma encuesta menos del 30% de los israelíes se muestra a favor de un acuerdo de paz. ¿El terrorismo? Son los índices anteriores a la Segunda Intifada, no han cambiado. Israel no ha cambiado. Quizás no llegue a cambiar nunca. Porque, aún con sus pérdidas humanas, va logrando lo que quiere.