En la UE, sin sus hermanos del norte

INTERNACIONAL

KATIA CHRISTODOULOU

En la capital, Nicosia, todavía se mantiene la valla que separa a los turcochipriotas de los grecochipriotas desde hace treinta años

29 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

«¿Eso es un Kalashnikov?», pregunta uno de los turistas británicos. «Y yo qué sé», contesta Theodor, provocando las carcajadas del curioso. El joven sostiene el arma con la misma convicción con la que habría sujetado un palo de fregona. Le han encargado la tarea de vigilar el único lugar de la valla por el que los curiosos pueden asomarse al otro lado de Nicosia. El punto turístico del particular muro de la vergüenza local, que separa a los grecochipriotas como Theodor de la zona turca. «Mi misión es vigilar por si vienen; por si alguien trata de entrar ilegalmente», explica el soldado, de sólo 20 años, que piensa viajar a Grecia para estudiar informática en cuanto acabe sus 25 meses de servicio militar. En realidad, lo único que hace es impedir que los visitantes saquen fotos desde la barrera. Sobre su cabeza, un cartel indica al extranjero que está en «la última capital dividida» y otro letrero, de mayores dimensiones, advierte de que «nada se gana sin sacrificio, ni la libertad se consigue sin sangre». Como si con el muro no fuera suficiente, las autoridades parecen recrearse en la tragedia que mantiene divididos a los chipriotas, en una versión moderna del desaparecido muro de Berlín. La valla se levantó después de que el Ejército turco entrase en la isla y tratase de ocuparla, hace ya 30 años. Entonces fueron frenados por tropas británicas, que hoy integran el contingente de la ONU encargado de velar por la paz en el país. «Esto es Europa; aquello está subdesarrollado», asegura Theodor, al que no hace falta preguntar para saber que votó no en el referéndum celebrado el pasado domingo. En él, los grecochipriotas rechazaron el plan del secretario general de la ONU, Kofi Annan, de unificación. El plan cuestionado Mientras, el proyecto fue mayoritariamente aprobado en la parte turca, una zona ciertamente mucho menos avanzada que sufría un embargo internacional, levantado tras los comicios como premio a las buenas intenciones de sus habitantes. «Nadie les preguntó a los ciudadanos antes de redactar el plan. Esperemos que antes de Navidad haya un acuerdo, pero los turcos tendrán que marcharse», comenta el soldado antes de insistir mirando al turista británico: «Le he dicho que no saque fotos». La opinión del militar es la de muchos de sus compatriotas. Casi todos añoran la reunificación y se han marcado el 25 de diciembre como límite para alcanzar un acuerdo, pero no a cualquier precio. «Queremos que se garantice nuestra seguridad. Eso es lo más importante. El Ejército de Turquía -que mantiene 30.000 soldados en la zona norte- tendrá que retirarse», señala Andros. Su cafetería está muy cerca de la barrera, que en algunas zonas toma aspecto de barricada, hecha con bidones y alambres de espino, mientras en otras son las casas derruidas las que sirven de línea fronteriza. Afirma que ha cruzado cinco veces la línea desde que el paso a la zona vecina está permitido (de eso hace sólo un año). El acceso es posible por un solo día y enseñando el pasaporte. Su padre atraviesa la frontera mucho más a menudo y ha aprendido la receta de unos dulces típicos del otro lado que atraen a numerosos grecochipriotas al negocio. A un centenar de metros de la cafetería tienen su tienda de comidas Soteres y Stravros. Los hermanos vivían en el norte, pero huyeron cuando la invasión. El primero fue otro de los partidarios del no en el referéndum, mientras que el segundo optó por el sí, aunque, reconoce, «después de cambiar muchas veces de idea». Soteres pretende «que los extranjeros nos dejen en paz. Pero todos: los turcos, los griegos y los británicos. Sólo así será posible que las cosas vuelvan a ser como antes». En su opinión «alguien tiene un interés oculto en esta isla, por eso no nos permiten vivir tranquilos. La gente dice que tiene algo que ver con el petróleo o con la intención de EE.UU. de colocar aquí una base para apoyar a Israel». «Aquí siempre están viendo fantasmas», afirma su hermano con una sonrisa. Luego se pone serio: «Voté sí porque quiero cambiar la situación. Creo que ya hemos sufrido bastante».