La reaganmanía invade EE.UU.

Bárbara Celis D'Amico CORRESPONSAL | NUEVA YORK

INTERNACIONAL

STEPHEN JAFFE

La fiebre por toda la información sobre el ex presidente Reagan se ha extendido por el país hasta el punto que algunos quieren poner su nombre al Pentágono

10 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

La fiebre reaganista alcanzará hoy su máxima expresión cuando los norteamericanos se peguen a las pantallas de sus televisores para seguir en directo el funeral de Estado en la catedral de Washington para darle el último adiós a Ronald Reagan, un hombre que pudo darse la satisfacción de salir de la mediocridad de su carrera de actor de segunda y convertirse en el 40 presidente de Estados Unidos. Presidido por George W. Bush y con la asistencia, entre otros, de quienes fueran sus grandes aliados y amigos durante la guerra fría , como la dama de hierro , Margaret Thatcher, el funeral, oficiado por el ex senador republicano John Danhford, actual candidato a sustituir a John Negroponte como embajador de EE.?UU. ante la ONU, será el último paso antes de que su cuerpo sea devuelto a California, donde recibirá sepultura en la biblioteca-museo que lleva su nombre. Se calcula que antes de la ceremonia cerca de 200.000 personas habrán desfilado por la Rotonda del Capitolio, donde se instalaron sus restos mortales el pasado miércoles -al igual que se hizo con los de Abraham Lincoln y JFK- y por donde, a pesar del fuerte calor, las colas para ver su ataúd, cubierto, como no, por la bandera americana, no han cesado ni de día ni de noche. «He despertado a mis hijos a las 4 de la madrugada. Ha sido duro, pero creo que siempre lo recordarán», comentó ayer una mujer que había permanecido veintiuna horas haciendo cola para ver al que fue definido como «el gran comunicador». El miércoles tuvo lugar una solemne procesión que forma parte de las ceremonias del primer funeral de Estado de EE.?UU. desde la muerte del ex presidente Lyndon B. Johnson en 1973 y al que los estadounidenses de a pie, poco familiarizados con el mundo del protocolo, asistieron en chancletas. Puntos negros Pero no todo el planeta amaba a Reagan, como podría parecer si sólo se lee la prensa estadounidense. Para los centroamericanos, Reagan simbolizó el rostro de la pesadilla en la que estuvo inmersa la región durante la década de los 80, algo que en EE.UU. se ha intentado obviar, haciendo referencias muy veladas a las partes más oscuras de un currículum que cuenta entre sus puntos negros con el de haber financiado los escuadrones de la muerte en El Salvador o a la contra nicaragüense para tumbar al Gobierno sandinista, elegido democráticamente. «Fue un carnicero», aseguró ayer Miguel D'Escoto, ministro de Exteriores de Nicaragua a principios de los ochenta, en el primer artículo realmente crítico que ha dado The Washington Post desde la muerte de Reagan. Sin embargo, otros quieren tanto al presidente que incluso han solicitado que se acuñen monedas y billetes con su rostro, y hasta que se le dé al Pentágono su nombre. Aún así el nivel de expectación despertado por la muerte de un icono del siglo XX al que Bush considera su máximo ejemplo a seguir y al que ha emulado incluso en sus formas de expresarse respecto al enemigo -Reagan denominó a la Unión Soviética «el imperio del mal» mientras que Bush definió a los países que esponsorizaban el terrorismo como «eje del mal»- no ha conseguido superar televisivamente el que generó la captura de Sadam. Los malos, como en las películas, siempre despiertan más interés que los buenos oficiales.