Ya hay atascos en Kabul

Luis Ventoso

INTERNACIONAL

EMILIO MORENATTI

Los Toyota, el coche de moda, comparten calzada con pelotones de bicis; las mujeres siguen enterradas en sus burkas y la comunidad foránea vive enclaustrada por el miedo

05 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Para viajar de Galicia a Afganistán se vuela a saltos durante once horas: Madrid-Frankfurt-Bakú-Kabul. El setentero aeropuerto de Bakú lleva el nombre del sátrapa local: Gajdar Aliev, que le ha legado la república a su hijo como quien le da una leira. Las pantallas de la terminal emiten sin cesar un fantástico anuncio de Azerbaiyán Airlines, con un jet último modelo sobre una ciudad futurista. La terminal presenta dos alas: una para todos los destinos; la otra, para los que se aventuran a ir a Kabul. A los kabulianos les espera un cacheo/magreo intensivo antes de embarcar (hay que sacarse hasta los zapatos) y un entretenido vuelo en Tupolev, en teoría, el modelo de lujo respecto al Yakolev. Entrar en el Tupolev de Aizerbaiyán Airlines supone descubrir una nueva dimensión de la aviación comercial. Lo primero que sorprende es la naturalidad capilar de la azafata del «welcome», quien muestra un fértil mostacho sobre su afable sonrisa. Luego, los mugrientos asientos del reactor son abatibles hacia adelante, las luces del techo están arrancadas, hay grafitis hechos con faca en las ventanillas y en el ambiente impera un hedor mareante. En la capital Pero el Tupolev se levanta y con una reconfortante suavidad sobrevuelta el Mar Caspio, una larga estepa lunar y las cordilleras imposibles de Afganistán, un país donde sólo el 12% de la superficie es cultivable. Aparece al fin el valle terroso donde se extiende Kabul, con sus dos millones de habitantes (medio millón más que Barcelona). Al lado de las pistas del aeropuerto se divisan barracones militares internacionales y los españoles están levantando allí un gran hospital de campaña. Bajamos del Tupolev azerbaiyano y con sorpresa vemos aparcados tres Boeing del trinque, propiedad de Ariana, las flamantes líneas aéreas de Afganistán. Los aviones son un regalo de Occidente a Hamid Karzai, de 46 años, el presidente («la marioneta de Estados Unidos», según la oposición) que dirige el país desde que cayeron los tabilanes. Karzai, cuya familia posee una próspera cadena de restaurantes en EE. UU., es el firmísimo candidato a ganar el próximo sábado las primeras elecciones libres de un país reventado, que quiere salir de 23 años de guerra. Una espiral diabólica: los soviéticos invaden Afganistán en 1979. Reagan, y luego Bush senior, sufragan a los muyahidines y a los talibanes para echar a los rusos. Pero los talibanes, que a finales de 1998 ocupan ya casi todo el país, les salen ranas. Así que en el 2001, tras el 11-S, Bush junior alienta una nueva guerra, esta vez para echar a los ex patrocinados de su padre, los talibanes. Resultado: la esperanza de vida es de 43 años, la cuarta parte de los niños menores de cinco años se mueren (el doble que en Bangladesh), el 70% de los afganos están desnutridos y sólo saben leer la mitad de los hombres y un 21% de las mujeres. Un país con muletas Afganistán está sostenido con muletas: las de la ayuda internacional, que alimenta a diario a 5 millones de personas. Desde el 2001, Estados Unidos se ha gastado 2.300 millones de dólares en ayuda humanitaria; Japón ha donado los coquetos buses urbanos azules de la capital; Alemania instruye a los desaharrapados integrantes de la nueva policía afgana; Italia se encarga de preparar el armazón judicial del país y los ingleses les enseñan a luchar contra la droga. A los británicos se les va a acumular el chollo: el 80% del opio que circula por el mundo viene de amapolas afganas. Se calcula que la droga supone ya la mitad del PIB. Pero es mucho decir, porque aquí no existen estadísticas de casi nada: de hecho, hay dudas sobre si el país tiene 22 o 25 millones de habitantes. Charlando en un pueblo del sur, el cronista le pregunta a un tipo simpático y arrugado cuantos años tiene. Le calcula 45, pero el hombre le responde con un desconcertante « me parece que 20». Seguridad, la obsesión Los americanos son nuestros anfitriones. La seguridad los obsesiona. Así que nos rodean varios rambos de metro noventa, convertidos en tanques humanos: cada uno lleva un subfusil capaz hasta de lanzar granadas, dos pistolas, un cuchillo para tiburones atado la canilla, un espray cegador y varios cables de comunicación colgándoles por la nuca. El jefe de los seguratas es un vikingo modelo armario, que se nos presenta como mister Canon Ball (Bola de Cañón). Canon Ball y sus guerreros nos meten en unas furgonas blindadas de cristales negros y nos bajan a Kabul destrozando todo lo que nos enseñó el código de circulación. Pero no son los peores. Kabul soportaba tradicionalmente unos 40.000 coches. Desde la caída de los talibanes hay 350.000 más. La capital, atestada de taxis amarillos, pelotones de bicis y con los Toyota convertidos en el coche de moda, ya conoce los atascos. A ellos hay que sumarles la inventiva afgana al volante, con creaciones como girar donde te sale del turbante introduciéndote a la brava en el tapón del carril contrario. Kabul presenta un cinturon faveliano: casas resquebrajadas de adobes y comercio de frutas y chatarrada en tiendas que aquí serían chabolas. Eso sí, multitud de tenderetes despachan ya Coca, Pepsi y Fanta, con sus letras en árabe. Más al centro, el panorama mejora. Se han recuperado edificios públicos (el techo de Kabul es un rascacielos de 13 plantas) y se ve alguna tienda que vende electrodomésticos. La tradición (la mayoría de las mujeres siguen enterradas en el burka azul) convive con atisbos de modernidad kitch : una valla muestra a un culturista negro en tanga que anuncia el gimnasio Golden Gym. Tras surcar varias barreras contra coches bomba u otras amenazas de los que los americanos llaman los «bad gays» (chicos malos), se llega a la zona bunkerizada de la comunidad internacional. La gente de las embajadas no se atreve a pisar calle sola. Son misioneros reclusos. El embajador de Japón nos invita a cenar: ¡sushi traído en avión desde Dubai! El plato de homenaje afgano es arroz en blanco con uvas y pichos de cordero asado ensartados en largos palos de hierro. Lo probamos en restaurantes alfombrados, protegidos por los chicos del señor Canon Ball. Fuera, en la realidad, dieta única: pan gomoso y fruta.