Descontextualizada, a menudo distorsionada por el cine y la cultura popular, la «metáfora de Vietnam» sigue influyendo decisivamente en la política actual, en particular la de EE.UU.
29 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Ocurrió hace treinta años exactamente. Eran las 10.45 del 30 de abril de 1975. Dos carros de combate del Ejército de Liberación Nacional de Vietnam del Norte, que sin querer se habían perdido del grueso de las tropas, llegaron hasta el palacio presidencial en Saigón, donde los ministros, encerrados en la sala principal, bebían té. Los tanquistas izaron su bandera en el edificio, pero ninguno de ellos tenía graduación suficiente para aceptar la rendición del Gobierno. Lo hizo un alto oficial del servicio de prensa que les acompañaba por casualidad, el coronel Bui Tin, a quien el presidente Duong Van Minh rogó que «aceptase el traspaso de poderes». Bui Tin le respondió que no tenía ya ningún poder que traspasar. Terminaban así trece años de guerra, y lo hacían con todo el poder, aunque fuera por unas horas, en manos de un periodista. No deja de parecer apropiado, porque la guerra de Vietnam perdura, treinta años después, más por su estela en los medios, por su realidad imaginada en el cine y la memoria escrita, que en su realidad misma. Para el mundo de hoy la guerra de Vietnam, más que una guerra, es un síndrome, un comodín periodístico, quizás poco más que un cliché, quizás nada menos que una metáfora. Si los efectos de la guerra todavía persisten en su forma más cruda para los vietnamitas (40.000 civiles han muerto desde el final de la guerra a causa de minas olvidadas y muchos miles más sufren las consecuencias de las armas químicas que se emplearon), para el resto del mundo Vietnam sigue pesando sobre las decisiones políticas, en particular las de Estados Unidos, como un fantasma imposible de conjurar. Como todos los mitos, el de Vietnam contiene, inevitablemente, algunas ideas erróneas que se han popularizado a través, sobre todo, del cine. Contrariamente a la imagen corriente, la mayor parte de los soldados norteamericanos eran entonces voluntarios de clase media (un 79% tenían estudios medios o superiores) y sólo una minoría procedía de los sectores más desfavorecidos de la sociedad (tan sólo un 12,5%, por ejemplo, eran afroamericanos, una proporción ligeramente inferior a su porcentaje en la sociedad de la época). No hubo grandes batallas (en la mayor de todas, la del valle de Drang, cayeron 300 soldados norteamericanos) y el sufrimiento y la muerte recayó sobre todo en los civiles y militares vietnamitas del norte y del sur (se calcula que pudieron perecer entre uno y tres millones). Sin embargo, la imagen que se conserva en Estados Unidos, y a través de su cultura popular en el resto del mundo, sigue siendo la de un calvario de la juventud norteamericana. Es por ello que la «metáfora de Vietnam» en Estados Unidos no ha funcionado tanto como mito antibelicista sino como mito antiintervencionista, y como un mito antiamericano en el resto del mundo. La tragedia del pueblo de Vietnam, y sus vecinos de Camboya y Laos, ha quedado reducida apenas a un mero decorado para el drama individual del soldado americano y la puesta en escena de las contradicciones de la sociedad norteamericana moderna. Para los militares, la lección de aquella guerra ha sido siempre que se debe limitar al máximo la información sobre el terreno, algo que se ha puesto en práctica al menos desde la primera guerra del Golfo. Movimiento popular En ello coinciden con el análisis del movimiento antiguerra, que sigue recordando aquel episodio como el ejemplo máximo de que un movimiento popular de protesta puede detener un conflicto. Ello, a pesar de que los historiadores discuten el verdadero efecto que pudo haber tenido la información sobre la opinión pública y la amplitud real del movimiento antibélico, que en realidad declinó años antes del fin del conflicto. Treinta años después, el mundo de la guerra fría que incubó aquel conflicto ha desaparecido. El régimen que triunfó aquella mañana en Saigón sigue en el poder, pero desde al menos el año 2000 mantiene relaciones amistosas con Estados Unidos. El «efecto dominó», con el que Estados Unidos justificaba la guerra entonces, nunca se produjo. Al contrario, irónicamente, Vietnam destruyó el régimen comunista (y genocida) de Camboya. Y sin embargo, Vietnam sigue existiendo como metáfora de los peligros de iniciar una guerra, siempre en una constante lucha dialéctica con el mito opuesto: el mito de «la vergüenza de Munich» y su alegato en contra de las tesis del «apaciguamiento». Discutibles y difíciles de contextualizar, ambos son sin embargo mitos poderosos que influyen en la opinión pública y, de un modo u otro, en los políticos. Quizá esa sea la única aportación positiva de Vietnam, la de haberse convertido en una advertencia.