Los cascos azules vigilarán hoy las elecciones presidenciales, enmarcadas dentro del débil proceso de transición
06 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.El rincón más mísero del hemisferio americano elige hoy nuevo presidente, dos años después de que el anterior, el populista ex sacerdote Jean Bertrand Aristide, se exiliase en Sudáfrica. Desde las seis de la mañana, cientos de observadores internacionales y 9.000 cascos azules y policías tienen los ojos bien abiertos en cada colegio electoral para que los tres millones y medio de electores voten protegidos y con garantías democráticas. Casada con un haitiano, residente en Puerto Príncipe desde hace 20 años, Maruxa, una santanderina con mucha influencia y con afectos gallegos, se declara optimista. Todavía se acuerda de los asesinatos de 1988, las primeras elecciones tras la partida del dictador Duvalier, y ahora espera que todo salga bien. «La gente quiere de verdad votar, y lo ves porque estos días no hay tiros, está todo muy tranquilo». Apostó con sus alumnos de español que esta vez no habrá problemas. Ellos, que sueñan con emigrar a Miami o la vecina República Dominicana para escaparse del 70% de paro local, no se fían. El aliado de Aristide Bajo el ardiente sol, Lulú vende muebles de segunda mano en una calle de Puerto Príncipe, al lado de un puesto de fruta. « Preval, bon bagay» (Preval, buena cosa), dice señalando el cartel del favorito para ganar en este primer turno, según Gallup. Rene Preval, un viejo conocido -fue presidente, y primer ministro al lado de Aristide-, aglutina el voto de los pobres urbanos, que lo identifican con la construcción de escuelas, plazas y carreteras, pero sobre todo con Aristide. Agrónomo formado en el extranjero, destaca en sus abarrotados mítines la necesidad de desarrollo y de trabajos para que el país vuelva a ser seguro. El industrial Charles Baker y el democratacristiano Leslie Manigat le siguen de lejos en intención de voto. Charlito, como llaman aquí al único candidato blanco (el 95% de la población es negra), cuenta con el apoyo de la burguesía empresarial, fiel a su eslogan «orden, disciplina y trabajo». Manigat gusta más a los católicos de piel más oscura y de menos ingresos. Ya sea política o criminal, la violencia es el pan de cada día en Haití. En el último año unas 2.000 personas han sido secuestradas, y otros muchos cientos, asesinadas por criminales de diverso origen, incluidos el Ejercito y la guardia personal de Aristide. La misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah) no ha conseguido restablecer el orden, aunque ha puesto la carne en el asador para la seguridad y calidad técnica de estas elecciones. La comunidad internacional ha aportado 60 millones de dólares, que han servido para formar a los interventores o plastificar las actas de voto para evitar su manipulación. «Es la oportunidad de Haití de establecer un patrón de persistencia para que ellos mismos resuelvan sus problemas», explica el chileno Juan Gabriel Valdés, jefe de la misión. Los resultados de estos comicios se conocerán en tres días. Según Maruxa, lo peor ya paso. «Dista vai», exclama con una sonrisa.