Bélgica, el Estado de bienestar por separado

JUAN OLIVER

INTERNACIONAL

Flandes renueva sus aspiraciones para independizarse por Valonia en un país que ha reformado su Constitución cuatro veces en 25 años.

11 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

Bélgica es uno de los países-paradigma del Estado de bienestar. Según la Oficina Estadística de la Comisión Europea (Eurostat), sus trabajadores tienen un sueldo medio que supera los 30.000 euros anuales, son los que menos accidentes laborales padecen y si se quedan en el paro cobran un subsidio de desempleo de por vida. Con excelentes sistemas públicos de salud, transportes y educación en un país del tamaño de Galicia, los belgas deberían ser unos tipos felices y solidarios, pero no. Gran parte de la población está descontenta con la forma de organización política de la que se ha dotado su sociedad, y desde hace tiempo se plantea muy en serio la posibilidad de que el país se rompa. Se habla abiertamente de separatismo, pero no porque una minoría quiera escindirse del resto, sino porque hay dos mayorías que parecen hartas de soportase mutuamente. La Bélgica plural Al uso de la terminología de moda, lo más parecido a una nación de naciones, sería la Bélgica plural del siglo XXI: Flandes, la región norteña rica y próspera donde habita el 58% de la población, formada por flamencos altos y rubios que hablan holandés y adoran las bicicletas, la cerveza y los tulipanes; y Valonia, el sur más deprimido, donde el 32% de los belgas padecen las peores tasas de desempleo y pobreza, y donde los niños se educan en francés y se socializan en la cultura del vino. Apenas hay relación entre ambas, pues disponen además de medios de comunicación, sindicatos y partidos distintos y separados. Entre Flandes y Valonia está Bruselas, la cosmopolita capital europea y único territorio bilingüe del país donde los funcionarios de correos tienen la obligación de conocer los dos idiomas. Es el único punto de encuentro de flamencos y valones, pero en caso de escisión, sería también el botín a disputar: ubicada en Flandes, la pueblan un 80% de francófonos -como el rey y jefe del Estado, Alberto II- y un 20% de flamencos -entre ellos el primer ministro, Guy Verhofstadt, a la cabeza de un Gobierno de coalición ideológica (socialistas y liberales) y territorial (flamencos y valones) tan complejo como la sociedad a la que representa. El pasado día 7, los belgas celebraron (es un decir) el 175 aniversario de su Constitución, texto que había permanecido inalterable desde 1831, pero que desde 1970 ha sufrido cuatro profundas reformas, destinadas, precisamente, a evitar la ruptura. La última de ellas, en 1993, transformó a Bélgica en un estado federal con un complicado sistema que pretendía satisfacer las ansias diferenciadoras de sus regiones-naciones, cada una de las cuales tiene ahora Gobierno y asamblea legislativa propia. Además, en un exquisito ejercicio de corrección política, se dotó de representación a las tres comunidades lingüísticas: flamencos, francófonos y 30.000 germanoparlantes que habitan una pequeña comarca fronteriza con Alemania. Se suponía que toda aspiración independentista se diluiría entre esos ocho parlamentos -Senado, Cámara baja federal, tres asambleas regionales y tres de las comunidades lingüísticas-, pero no ha sido así. La discordia surgió el año pasado, cuando Flandes anunció una propuesta para modificar una ley que, desde 1963, permite a los 60.000 francófonos de Bruselas-Hal-Vilvorde, votar a candidatos valones. El rey En su mensaje de Navidad, el rey Alberto criticó la medida, lo que encendió de nuevo la mecha del separatismo: la prensa y los partidos de Flandes, especialmente el Bloque Flamenco, segunda fuerza de la región y de tendencia ultraderechista, acusaron al monarca de haberse puesto «definitivamente de parte del Estado valón». La crisis tambaleó al Gobierno de Verhofstadt, que ha anunciado otra reforma constitucional para el 2007. Con ella, los belgas tratarán de encontrar la fórmula para coser de nuevo sus diferencias, aunque algunos políticos ya están dando ejemplo. El mes pasado, Rik Daems, líder liberal en el Parlamento, dimitió tras hacerse público que había dejado embarazada a una diputada socialista valona, en un enredo extramarital que, de alguna manera, también se saltaba a la torera las leyes electorales: salvo excepciones como la de Bruselas-Hal-Vilvorde, en Bélgica no se puede votar en una comunidad a candidatos de la otra. El lío de faldas quizá aclare las cosas, aunque el afán de los belgas por el separatismo parece un asunto genético: según Eurostat, también son los europeos que más se divorcian.