Análisis | El desgaste político La decisión de acudir al grito de guerra de Bush para derrocar a Sadam Huseín le ha costado al primer ministro su imagen para la historia de político fiable, moderno e independiente
20 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.«Me gustaría pensar que, quizás en un año o dos, será posible que muchos de vosotros estéis de regreso en casa y podáis disfrutar de los cambios vividos en este país producto de vuestro esfuerzo hoy». Así arengaba Tony Blair a las tropas británicas desplegadas en la ciudad iraquí de Basora en mayo del 2003, dos meses después de la operación bélica angloamericana. Nunca más lejos de la realidad, nunca más lejos de la voluntad de la mayoría de la sociedad británica, nunca más equivocado al pensar que la guerra y la posguerra habrían de finalizar en diciembre del 2003. Cuando el primer ministro británico decidió invadir Irak lo hizo sin el respaldo de la sociedad, y ese fue el primer gran error del que hasta ese momento pasaba por ser un político fiable, moderno e independiente. Tres años más tarde, entre promesas rotas, conspiraciones, embustes -cómo no recordar la no existencia de armas de destrucción masiva- y un reguero de sangre, Blair está en su nivel más bajo de popularidad desde 1994. Sólo el 36 por ciento de los británicos cree que su gestión ha sido buena, y en el centro de las quejas está la intervención militar en el país árabe. Irak también le ha pasado factura al Partido Laborista. Al menos les costó un dos por ciento de los votos en las elecciones generales del pasado año, aspecto que no fue olvidado por algunos de sus más íntimos colaboradores (ex ministros como el Exteriores, Robin Cook, y la de Desarrollo Internacional, Claire Short, y el alcalde de Londres, Ken Livingstone, que se declaró «antiblairista»). Irak también propició la aparición de un ramillete de parlamentarios rebeldes en las filas de su propia formación política que le han hecho la vida imposible en materia de política doméstica, laboristas tradicionalistas que no han olvidado que Blair les condujo a una guerra ilegal que ha producido ya más de cien muertos entre las tropas del país allí desplegadas. En julio del año pasado, Blair aún tuvo que sufrir una mayor presión con Irak como telón de fondo cuando Londres fue el epicentro de la actividad terrorista de Al Qaida. Los londinenses sufrían la acción del terrorismo internacional porque su primer ministro les había involucrado en una invasión para calmar el ego dañado de un presidente norteamericano, que, a la postre, lo que ha logrado es afectar la imagen y el prestigio de todo el Ejército británico por las acusaciones de malos tratos. Tony Blair siempre pensó que los libros de texto hablarían de él como un estadista amable y compasivo. Pero las próximas generaciones británicos estudiarán que fue un primer ministro inflexible que, como Margaret Thatcher, condujo al país a un conflicto pensando que el fin justifica los medios.