Ahmadineyad va a Nueva York

Ángela Rodicio

INTERNACIONAL

25 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

El presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, se ha convertido en la estrella invitada a la Asamblea General de la ONU, la última presidida por Kofi Annan, que dejará su cargo en enero. Ahmadineyad se ha colocado una sonrisa permanente y ha dado entrevistas a diestro y siniestro. Una campaña para ganarse a la opinión pública y ponérselo difícil a la Administración Bush, empeñada en imponer sanciones al régimen de Teherán y en derrocar a los ayatolás, que tan ciegamente toleró desde los años cincuenta. Desde el inicio de la táctica de la guerra al terror de la Casa Blanca, y su inclusión en el triunvirato del eje del diablo, junto con Irak y Corea del Norte, Irán tiene ahora tropas norteamericanas al Este, en Afganistán, y al Oeste, en Irak, como un emparedado estratégico, uno de los fines por excelencia de las últimas operaciones militares estadounidenses. Dentro de Irán, la masa de los que no votaron, como medida de protesta, en las elecciones del 2005, las que dieron la victoria al conservador Ahmadineyad, se muerden las uñas. Pensaban que poco iba a cambiar, tras las esperanzas, defraudadas, puestas en el anterior presidente, el reformista Mohamed Jatamí. Jatamí, emparentado con el mismo Jomeini, y cuyo padre fue mentor de la actual guía islámica, Alí Jamenei, dejó de dar puñetazos sobre la mesa dos años después de haber accedido al poder, en julio de 1999, cuando el ala dura reprimió las revueltas estudiantiles que estallaron pidiendo reformas. Pero la abstención ha contribuido a que ahora los progresistas estén peor. Marcas de sangre En la pared de un colegio mayor del campus de Teherán, donde fueron apresados en julio de 1999 los dos hermanos Mohammedi, Akbar y Manucher, vi yo misma aquellos días las huellas de dos manos ensangrentadas y una frase escrita con sangre: «Este es el precio de la libertad». Nunca lo he podido olvidar. Akbar murió este verano, el 31 de julio, después de un largo calvario en la macabra prisión de Evin, al norte de Teherán. Pero el símbolo de aquellas refriegas que hicieron imaginar el fin del régimen es otro estudiante y actor, Ahmad Batebí. Poco después de su detención, aquellos días de verano de hace siete años, llegaba a sus próximos una carta que hizo salir de la prisión. Las torturas que relata son atroces. En marzo del 2003 le dejaron salir unos días para casarse con Samayé Bayenat. El enviado especial de la ONU para los derechos humanos relataba aquellos días que Batebí le había entregado una lista con 50 nombres de estudiantes e intelectuales presos, salvajemente torturados. «Estamos condenados a sufrir de por vida», relataba. Batebí volvió a desaparecer. Según su médico, no tiene prácticamente dientes, su caja torácica ha sido desplazada, tiene una úlcera duodenal sangrante, alta hemoglobina que le hace estar siempre al borde de un ataque al corazón y sufre constantes infecciones de riñón. Casi no ve ni oye. Finalmente, su esposa ha sabido que se halla en la sección 209 de la prisión de Evin. Que no se le deja ver la luz del día y no se le permite recibir ninguna medicación. Amnistía Internacional pide estos días que se envíen peticiones, urgentemente para su excarcelación al ayatolá Sayed Alí Jamenei, a la Oficina del Líder Supremo, Shoahada Street, Qom, República Islámica de Irán. A la dirección info@leader.ir. Con copia a dr-ahmadinejad@president.ir.