Hiperpresidente en estado de gracia

INTERNACIONAL

05 sep 2007 . Actualizado a las 23:38 h.

«Nunca seré un presidente estático. El primer ministro es un colaborador. El patrón soy yo». Esta frase pronunciada esta semana por Nicolas Sarkozy, de 52 años, ejemplifica lo que han sido sus 100 primeros días en el Elíseo.

Su hiperactividad y su ritmo desenfrenado le han llevado a ocupar toda la escena mediática y a hacerse omnipresente, hasta tal punto que se ha ganado a pulso el apelativo de «hiperpresidente». Se ocupa de todo y acude a todos los frentes. Tiene una solución inmediata a cada problema. Ante cualquier suceso toma la delantera. El ejemplo más típico de cómo actúa es su propuesta de castración química para los pederastas tras conocerse que un reincidente había violado a un niño de cinco años recién salido de prisión. Es la «ofensiva permanente», según la llama el filósofo e historiador Marcel Gauchet, «la audacia perpetua», como la bautizó el politólogo Alain Duhamel o «el poder como una bicicleta sin frenos», de acuerdo con Christophe Barbier.

Lenguaje directo

Con un lenguaje directo y accesible, efectista y oportunista, ha impuesto un estilo que conecta con el francés medio, muy alejado de la pomposidad de su antecesor, Jacques Chirac. Su zappeo permanente de la actualidad le permite aprovecharse de los acontecimientos a su antojo. Conoce a la perfección las esperanzas y los deseos de la gente. La sarkomanía ha hecho que Vanity Fair le coloque entre los hombres mejor vestidos del mundo, junto a Beckham o Brad Pitt, o que el footing sea casi un deporte nacional.

Pese a un ligero retroceso en las últimas encuestas, Sarkozy mantiene una altísima popularidad, por encima del 60%. Más del 40% de los votantes de izquierda también aprueban su gestión. Ni el escándalo de las vacaciones pagadas en EE.UU. por unos amigos millonarios, ni las supuestas compensaciones a Gadafi por liberar a las enfermeras búlgaras, con la discutida mediación de su mujer, la enigmática Cecilia, ni los malos datos económicos le han desgastado todavía.

Esto ha llevado a L'Express a preguntarse por qué fascina Sarkozy, analizando su estrategia de «espectáculo permanente». Como dijo en 1999, «por la mañana, vendo Sarko; por la tarde, Nicolas; por la noche, Nicolas Sarkozy». La misma fórmula que emplea ahora en El Elíseo.

Pero el presidente es mucho más que golpes de efecto, como le echan en cara sus críticos, no sin razón. Ya ha hecho honor a una de sus máximas favoritas: «Decir lo que hago, hacer lo que digo, ese es mi método». En un tiempo récord ha hecho pasar por la Asamblea una parte muy importante de su ambicioso paquete de reformas. La lista es larga: recorte de la fiscalidad, desgravación de las horas extras, rebaja de los derechos de sucesión, servicio mínimo en los transportes en caso de huelga, autonomía universitaria, reforzamiento de la autoridad de los profesores, mayor castigo a los delincuentes reincidentes, supresión de 22.700 funcionarios. Sólo el Consejo Constitucional le ha impedido cumplir una de sus promesas más populares: la desgravación con carácter retroactivo de los intereses de las hipotecas contratadas en los cinco últimos años.

En este tiempo, Sarkozy también se ha preocupado de proyectar su imagen internacional. Ha logrado que se acepte su minitratado como sustituto de la Constitución europea, la liberación de las enfermeras búlgaras y se ha acercado a Bush.

En su haber está también la desarticulación de la oposición socialista, desgarrada en divisiones internas y noqueada después de que fichara a algunos destacados izquierdistas.

Incertidumbre económica

Pero la incertidumbre económica anuncia nubarrones. El PIB creció sólo un 0,3% en el segundo trimestre y los expertos consideran imposible que el Gobierno cumpla su objetivo de alcanzar el 2,25% este año. No es la única cifra preocupante: el déficit exterior se ha disparado a 15.000 millones de euros, y sólo se han creado 3.700 empleos, la peor cifra de los dos últimos años. Sarkozy no se arredra y está dispuesto a acometer rápidamente la reforma laboral y la del sistema de pensiones. También se habla de que quiere obligar a los usuarios a pagar 50 euros anuales por ser atendidos en la asfixiada Seguridad Social. Esto augura un otoño caliente de protestas que podría poner fin a su estado de gracia.

Gauchet asegura que Sarko tiene un «ego sobredimensionado, pero también un superego democrático». Algo de todo esto está detrás de la contestación que le dio a la escritora Yasmina Reza cuando ésta le propuso ser su sombra durante un año: «Incluso si me destruye, saldré engrandecido». En L'aube le soir ou la nuit, Reza le retrata como «un transgresor de audacias desconcertantes y una intuición superior» y un hombre muy inteligente, pero también como alguien que no escucha, de gustos horteras, con hambre de poder, obsesionado por gustar para ganar (¿de ahí que Paris Match retocara sus michelines?), con una herida profunda, la soledad, y marcado por una infancia corta e infeliz.