Pervez Musharraf, aliado clave de EE.UU. en su «guerra contra el terror», vive sus peores momentos al frente de Pakistán, el único país musulmán con la bomba atómica
23 sep 2007 . Actualizado a las 02:00 h.Osama Bin Laden le ha declarado la guerra. Era lo que le faltaba al general Pervez Musharraf, de 64 años, en sus momentos más bajos desde que tomó el poder mediante un golpe de Estado incruento el 12 de octubre de 1999.
El jefe de Al Qaida llama a los paquistaníes a que se rebelen y depongan al «gobernante apóstata» por el asalto a la Mezquita Roja en julio, en el que murieron al menos un centenar de jóvenes islamistas. Esta matanza hundió definitivamente la popularidad del general y dio alas a la violencia extremista.
Si ya cualquier amenaza de la red es temible, en el caso de Pakistán lo es más porque el jefe de los terroristas tiene más respaldo popular que el jefe del Estado. Así lo señala una encuesta de la organización estadounidense Terror Free Tomorrow, que muestra que Bin Laden cuenta con un 46% de aprobación en ese país, por un 38% de Musharraf y sólo un 9% de Bush.
La irrupción del saudí es calculada y golpea donde más duele. Tiene lugar cuando Pakistán vive una peligrosísima inestabilidad. Por un lado, se han sucedido varios atentados en represalia por la matanza de la Mezquita Roja, que han costado la vida a más de 300 personas. Por otro, la insistencia de Musharraf en perpetuarse en el poder ha abierto una grave crisis política.
El general está más solo que nunca. Los partidos políticos le reclaman democracia, la Justicia le planta cara desde que depuso al presidente del Tribunal Supremo Iftijar Mohamed Chaudry -repuesto después en su cargo por los jueces tras grandes manifestaciones-, los terroristas le ponen bombas, EE.?UU. le fuerza a pactar con Benazir Bhutto la transición a la democracia, su archienemigo Nawaz Sharif le desafía al intentar regresar a su país y es expulsado. Y ahora Bin Laden, con el que hizo amistad cuando el militar entrenaba a los muyahidines para combatir a los rusos en Afganistán, le declara la yihad.
Pese a todo, quiere ser reelegido por cinco años más en los comicios convocados el 6 de octubre, en los que votan la Asamblea Nacional y las cuatro asambleas provinciales, donde su mayoría está asegurada. Pero el Supremo, su gran rival, tiene sobre la mesa seis demandas de la oposición, que considera inconstitucional su reelección.
Perspectiva de caos
Pakistán tiene 165 millones de habitantes, es el único país musulmán que posee la bomba atómica y también un semillero de terroristas que se curten en sus campos de entrenamiento. Por ello, la situación explosiva que vive este avispero nuclear a punto de estallar inquieta a Occidente.
Daniel Benjamin escribió en Time: «Nada quita más el sueño a los líderes mundiales que la perspectiva de caos en Pakistán y los yihadistas controlando las armas nucleares».
Musharraf es la apuesta de Washington para evitar la desestabilización. Desde los atentados del 11-S, su aliado en la «guerra contra el terror». Entonces Bush le lanzó un ultimátum: «O estás con nosotros o contra nosotros». El propio general ha dicho que el ex número dos del departamento de Estado, Richard L. Armitage, le amenazó con bombardear Pakistán hasta hacerle retroceder a la «Edad de Piedra» si tomaba partido por Al Qaida y los talibanes afganos.
La sumisión de Musharraf a EE.?UU. -que subraya Bin Laden en su mensaje- le ha valido el apodo de Bush-arraf por parte de los paquistaníes. Un estigma en un país donde, como admite el general, «la mayoría es antiamericana». Mientras, en Washington se quejan de su doble juego: capturar a miembros de Al Qaida y apoyar a los talibanes. En cualquier caso, los terroristas han intentado asesinarlo en varias ocasiones.
Larga carrera hacia el poder
Pervez nació en Delhi en 1943 y tras la partición de la India y Pakistán en 1947 abandonó el país. Su padre fue destinado a Turquía en 1949. A su vuelta, siete años después, Pervez estudió en dos destacados colegios católicos, la St. Patrick High School de Karachi y el Forman Christian College de Lahore. Al terminar el bachillerato emprendió la carrera militar, donde aprendió cuatro cosas fundamentales: que la India está empeñada en destruir Pakistán, que es preciso asegurar el control de Cachemira, que los políticos son corruptos y que el Ejército encarna la supervivencia del país. Nunca lo ha olvidado. Pese a ser un oficial mojahir proveniente de India y no de la élite punjabí, Musharraf, un admirador de Ataturk, el padre de la Turquía moderna y laica, hizo una brillante carrera.
En 1998, el primer ministro Sharif le nombró comandante en jefe del Ejército. Pero la ocupación de Kargil, en la Cachemira india, planeada y dirigida por Musharraf, los enfrentó. Sharif ordenó la retirada y cuando el general regresaba en avión desde Sri Lanka con su mujer, trató de impedirle que aterrizara en suelo paquistaní. El general contraatacó desde el mismo aparato y dio un golpe de Estado bien acogido por la población.
Musharraf prometió el regreso a la democracia, pero lleva ya ocho años en el poder. Sus medidas no le hacen un Pinochet, sino que le acercan más a la figura de un dictador ilustrado que se cree predestinado a salvar a su país de los políticos corruptos y los extremistas violentos. Pero pocos creen ya en el sueño de un «Pakistán islámico, moderado y progresista» que preconiza.