La inminente proclamación de independencia de Kosovo genera preocupación sobre un posible efecto dominó en una Europa que, desde el País Vasco a Flandes, pasando por Escocia, afronta distintos movimientos separatistas.
España basa su oposición a reconocer la independencia unilateral de Kosovo en tres motivos: la ausencia de consenso europeo, la estabilidad de los Balcanes y el respeto a la legalidad internacional. El Gobierno de Zapatero se cuida de relacionarlo con los casos vasco y catalán, pero una fuente próxima reconoce que Kosovo representa para el país un «tema delicado y muy envenenado». «Al Ejecutivo no le gustan las declaraciones unilaterales de independencia», manifestó el martes el ministro de Defensa, José Antonio Alonso, refiriéndose a Kosovo. La situación de los Balcanes es «específica, no es extrapolable a ningún otro país de la Unión Europea, ni muchísimo menos a España, por si hubiera alguna lectura interesada en este sentido», insistió Alonso.
La independencia de Kosovo llevará inevitablemente agua a los molinos de los movimientos separatistas europeos que sueñan con emanciparse de la tutela de estados naciones cada vez más diluidos en el seno de la UE. Crearían un precedente si consagran el reconocimiento de una nación dentro del Estado, concepto esgrimido por nacionalistas vascos y catalanes.
«Existe un riesgo real de ver caer el casi dogma de la intangibilidad de las fronteras que prevaleció después de la Segunda Guerra Mundial», declara Jean-Yves Camus, investigador del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (IRIS). Y los que se benefician son esos «movimientos que buscan cambiar el dibujo del mapa de Europa apoyándose en criterios étnicos, lingüísticos o culturales», añadió este especialista en identidades regionales y separatismos en el Viejo Continente.
En Bélgica, el partido nacionalista Nueva Alianza Flamenca (NVA) considera respecto a Kosovo que «el derecho a la autodeterminación de los pueblos es esencial». Una perspectiva que no entusiasma a los políticos belgas francófonos, que temen un efecto dominó.
En Escocia, el Scottish National Party (Partido Nacional de Escocia), que preside el Gobierno regional desde mayo del 2007, se comprometió a organizar, en el 2010, un referendo sobre la independencia. Pero entiende que el mismo fin no justifica los mismos medios. «Ninguna persona ha muerto a favor o en contra de la independencia escocesa», dijo su primer ministro, el independentista Alex Salmond.