El democristiano flamenco Herman Van Rompuy, del que todos destacan su discreción, capacidad de consenso y su sentido del deber, es a su pesar primer ministro de Bélgica.
Quince años después de que le propusiesen por primera vez liderar el Gobierno, la historia se repite, pero ahora se ha visto obligado a ceder ante la insistencia de su partido, el CD&V, que necesitaba desesperadamente una salida a la crisis.
Este veterano estadista de centroderecha presidía desde junio del 2007 la Cámara de los Diputados, cargo que ahora recaerá en el ministro del Interior saliente, el liberal flamenco Patrick Dewael.
En lo que va de calvario político desde la dimisión del Ejecutivo el día 19, Van Rompuy había negado varias veces que optase a liderar el Gobierno.
«Me siento todo menos indispensable», repitió estos días.
Van Rompuy se mostró tajante al asegurar que no quiso sustituir a Jean-Luc Dehaene, en 1994, y añadió: «Quince años más tarde, no he cambiado de opinión».
Tanto es así, que cuando el rey le encargó el domingo que formase Gobierno la noticia sorprendió a su propio hermano, el diputado Eric Van Rompuy. La prudencia y discreción de este político, que firma sus mensajes con una simple hache y del que se dice que es austero, católico, conservador e inteligente, son muy apreciadas en el palacio real.
Alberto II ya confió en él en septiembre del 2007 para que sondease las opciones de los partidos para un acuerdo.
Sin embargo, Van Rompuy no se esconde y, como buen flamenco, si le preguntan por el distrito electoral Bruselas-Halle-Vilvoorde (BHV) -que disfruta de un marco legal especial que protege el uso del francés- responde alto y claro que en su opinión las llamadas «facilidades lingüísticas» en parte de Flandes deberían ser suprimidas.