Pese a la marejada de los últimos tiempos, no hay que perder de vista que los Veintisiete navegan en barco sólido. El eje francoalemán mueve desde hace décadas sus motores, que engrasan desde el norte aliados tradicionalmente europeístas, como Suecia, Finlandia, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos, y que los socios mediterráneos del sur (España, Portugal, Grecia e Italia) ayudan a alimentar cuando parece que se agota el combustible. Es cierto que británicos e irlandeses reman a veces a la contra, y que la desidia de daneses y austríacos no ayuda a la flotación del conjunto. Pero ese no es el problema.
El problema de la UE es que se ha autoimpuesto un sistema de mando rotatorio que hace que el timón cambie de mano cada seis meses. Y cuando toca un capitán inexperto, vago o pasota, no hay quien mantenga el rumbo. Además, en los últimos años ha embarcado un tropel de marinería del Este que en vez de ayudar a largar velas en los momentos difíciles se limita a tumbarse en cubierta cuando advierte calma chicha.
Topolanek prometió ayer que su naufragio político personal en la República Checa no abrirá vías de agua en la nave europea, pero hasta sus subordinados se dan cuenta de que si el capitán ni siquiera manda en Praga, poco puede ordenar en Bruselas. Allí, la tripulación de funcionarios y diplomáticos empieza a temer que el barco quede a la deriva.
El Tratado de Lisboa es la brújula que podría evitar que los Veintisiete encallaran, pero los checos no saben o no quieren usarla. «Sería trágico que el Tratado de Lisboa fracasara», alertó ayer el presidente del Europarlamento, Hans Gert Pöttering, un lobo de mar rodeado de grumetes, como el viceprimer ministro checo, Alexandr Vondra, que le respondió con bisoñez: «No va a ser fácil».