En diciembre del 2007, Vladimir Putin concibió un plan para lograr la inmortalidad política. Ya que no podía presentarse a un nuevo mandato, decidió elegir él mismo a un presidente que lo eligiese a él primer ministro en espera de volver de nuevo a la Presidencia. No le fue difícil hacer que los rusos votasen a su ungido, Dmitri Medvédev, en el 2008. El Kremlin controla las elecciones, pero aquí el fraude fue superfluo. La popularidad de Putin es genuina y hubiese ganado de todos modos.
Un año después, quienes esperaban que Medvédev se liberase de la tutela de su padrino ya saben que se equivocaron. No hubo la menor disonancia entre el primer ministro y su presidente (el posesivo es intencionado). Medvédev se mantuvo en un discreto segundo plano, consensuando cada movimiento con Putin. Y eso que el experimento comenzó con una crisis grave, la guerra de Georgia, lanzada irresponsablemente por el presidente Saakashvili, pero que acabó por dañar la imagen de Rusia en Europa.
Crisis y recursos
Sin embargo, no es este resurgir moderado de la guerra fría lo que ha enturbiado el primer año en el poder del tándem Medvédev-Putin. Al fin y al cabo, la ideología de la «democracia soberana» que promueven reivindica una cierta dosis de tensión militar y ocasionales puñetazos en la mesa. Lo que ha fallado es algo que Putin no podía prever en el 2007: la crisis económica.
Esta crisis ha golpeado a Rusia de una manera inusitada, sobre todo al coincidir con la caída de los precios del petróleo y del gas, la mayor fuente de recursos del país y la base de su política de «grandeza». La inflación se ha disparado y podrían alcanzarse pronto los 10 millones de parados. Medvédev repite una y otra vez que se trata de una crisis global, pero lo cierto es que el Gobierno la agravó, primero gastando recursos en defensa del rublo y luego devaluándolo. Ahora, la moneda parece haberse estabilizado, pero ha quedado al descubierto la debilidad del modelo económico. En las últimas elecciones regionales y locales parece que asoma tímidamente el descontento. Pero muy tímidamente. De momento, el Kremlin hace honor a su nombre. En ruso significa fortaleza.