Nadie tomó en serio las amenazas

Jacinto Ruiz

INTERNACIONAL

11 sep 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

El World Trade Center estuvo ardiendo cien días. Durante ese tiempo un olor acre impregnó la oficina del FBI, un nauseabundo recordatorio de que no habían logrado impedir los atentados y que ellos mismos habían estado a punto de morir. En los frenéticos meses que siguieron al 11-S, los miembros de la unidad I-49 se debatieron entre la conmoción, la aflicción y la vergüenza. Ellos conocían mejor que nadie el peligro al que se enfrentaban. Y, sin embargo, habían realizado prácticamente solos su cometido.

Ese es uno de los argumentos del periodista norteamericano Lawrence Wright, en su libro La torre elevada , que ganó el Pulitzer y el PEN USA 2007. Relata cómo un agente del FBI, Dan Coleman, descubre en 1996 la capacidad de Al Qaida y sus vínculos con EE.?UU. y cómo llega a la conclusión de que se trata de una organización terrorista mundial, cuyo objetivo era destruir a su país. Pero esta tarea, compartida luego por un reducido grupo de agentes, se mueve en el abandono. El aspecto más aterrador de la amenaza era que casi nadie se la tomaba en serio. Parecía demasiado estrafalaria y primitiva. Los gestos desafiantes de Bin Laden y sus seguidores parecían absurdos e incluso patéticos.

Sin embargo, como explica Wright, no era así. Al Qaida no era una reliquia de la Arabia del siglo VII. Había aprendido a utilizar herramientas e ideas modernas, lo que no tiene nada de sorprendente porque su historia había comenzado en EE.?UU. no mucho tiempo atrás. Un período que investiga Wright y cuya conclusión es que el 11-S se pudo haber evitado. Fue la suma de muchos factores: del auge del fundamentalismo islámico, de la creación de Al Qaida, pero también de los errores de los confiados servicios de inteligencia norteamericanos.

Ese día, en Afganistán, los hombres de Al Qaida gritaron emocionados cuando un locutor anunció que un avión se había estrellado contra el World Trade Center. Laden les dijo: «Esperad, esperad». Poco después, se estrellaba el segundo avión y extendía la locura. Restos de los edificios caían sobre las calles de Manhattan, que ya estaban cubiertas de cadáveres. Un hombre salió caminando de las torres llevando la pierna de otro. Varias personas que se arrojaron al vacío cayeron encima de los bomberos, matándolos en el acto.

En el interior de su escondite y ante sus incrédulos acompañantes, Bin Laden levantó tres dedos. A las 9.38 horas, el tercer avión impactó contra la sede del Ejército de Estados Unidos y el símbolo de su poderío. Cuando recibió la noticia del ataque contra el Pentágono, Laden alzó cuatro dedos, pero el golpe final, contra el Capitolio, fracasó.