Cuando hace un mes el primer ministro Costas Karamanlis anunció elecciones anticipadas, los suyos lo miraron con estupor. Con un déficit del 7% del PIB y su Gobierno quemado (literalmente) por el caos de los incendios forestales y la corrupción, enfrentarse al tribunal de la opinión pública no parecía lo más inteligente. Algunos hasta pensaron que lo de Karamanlis no era sino una dimisión disfrazada, algo que él mismo pareció confirmar cuando empezó la campaña con un «estoy harto de la política» que es precisamente el mejor de los eslóganes. Pero lo cierto es que esperar hubiese sido peor para los conservadores. Estaba claro que en marzo no iban a reunir la mayoría necesaria para renovar la presidencia de la república, y esto habría provocado elecciones en un momento aún peor.
Ahora, los conservadores tendrán al menos el consuelo de sentarse a ver cómo sufren con la crisis los socialistas. El líder de estos, Papandreu júnior, no es muy apreciado por el ala populista-nacionalista del partido, y su renuncia a la socialdemocracia le obliga a un continuismo en economía que no parece muy ilusionante. Con un paro juvenil del 21% y la extrema izquierda en ebullición, en cualquier momento pueden repetirse los disturbios de diciembre pasado. Por eso no es extraño que, más que perder el poder, dé la impresión de que Karamanlis se lo haya regalado a sus rivales.