Los belgas temen al caos tras la marcha de Van Rompuy a la UE

Juan Oliver

INTERNACIONAL

El flamenco Yves Leterme podría volver a la jefatura del Gobierno solo un año después de su segunda dimisión

21 nov 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

El corazoncito de los belgas está dividido desde el jueves entre la edificante sensación de orgullo por saber que uno de sus compatriotas será el primer presidente permanente de la UE, y el miedo a que la marcha de Herman Von Rompuy haga añicos la frágil estabilidad política que logró el primer ministro flamenco durante sus apenas once meses de gobierno.

El rey Alberto II, que en diciembre del año pasado logró que el entonces presidente del Parlamento Federal asumiera la jefatura del Ejecutivo, convenciéndolo de que era el único capaz de devolver al país la esperanza en una convivencia pacífica entre flamencos y valones, volvió a hablar con él ayer. Y, según varias fuentes, le pidió que desde su nuevo despacho, que ocupará oficialmente a partir del próximo 1 de enero, siga echando un ojo a la política belga. Como el rey, muchos temen que el país regrese a los tiempos de caos en los que la sumió el mandato de Yves Leterme.

Sustituto de su sustituto

Precisamente, Leterme, correligionario de Van Rompuy y ministro de Asuntos Exteriores en el Gobierno de salvación que este constituyó tras la dimisión de aquel con varias formaciones de distinto color político de Flandes y de Valonia, las dos grandes regiones del país, parece el principal candidato a sustituir a quien ya fue su sucesor.

Leterme ganó las elecciones de junio del 2007 a la cabeza de la lista democristiana flamenca, con un programa que contemplaba una profunda reforma legal para dar más poder a las regiones y que la mayoritaria comunidad nerlandófona flamenca lleva reclamando hace años, pero en la que los francófonos valones ven el primer paso para la escisión de Bélgica.

La Constitución obliga a que el Ejecutivo esté formado por un número idéntico de originarios de ambas regiones, y a Leterme le costó nueve meses formar Gobierno, en marzo del 2008. Las diferencias no tardaron en aparecer, y el primer ministro presentó su dimisión en julio. El rey no se la aceptó entonces, pero sí a la segunda, cinco meses después. Acto seguido, llamó a Van Rompuy.

Al nuevo presidente europeo lo avalaba una fama de hombre discreto pero dialogante, de hábil negociador capaz de labrar consensos en medio de un campo de minas. Y ese currículo, que lo ha convertido en el primus inter pares de los Veintisiete, no esconde ni una exageración, porque con él Bélgica recuperó la calma y pudo enfrentar con serenidad la bancarrota de sus grandes bancos (Fortis, KBC y Dexia). Los belgas están acostumbrados a vivir bajo el paraguas de un confortable Estado del bienestar, pero la recesión (el PIB caerá casi un 3% este año) ha disparado el paro al 8%, cifra que no conocían desde hace décadas, con picos de hasta el 16% en Bruselas.

Los belgas sabían desde hace semanas que la marcha de Van Rompuy iba a dividirles el alma, pero ahora también piensan que puede vaciarles el bolsillo. Y a eso se suma otro miedo no menos cierto: que el país se haya vuelto ingobernable a partir de junio, cuando asumirán la Presidencia semestral de la UE. El pánico a hacer el ridículo los paraliza, y muchos dudan de que el corazón les aguante tantos sobresaltos.