El hecho de que dos meses y medio después de su controvertida reelección presidencial aún no haya un Gobierno supone un duro golpe para Hamid Karzai. Pero la verdadera humillación fue la que le infligieron ayer los talibanes, el día de la jura de catorce de sus ministros.
El temerario ataque es uno de los más espectaculares perpetrados hasta ahora en la capital afgana, que en los últimos años se ha ido convirtiendo casi en una fortaleza. Pero, al frente de cada volante de los 700.000 automóviles que circulan por Kabul podría haber teóricamente un suicida. A ello se añade que las fuerzas afganas aún están «en construcción». Por poner una comparación ilustrativa: Berlín, una pacífica ciudad con 3,5 millones de habitantes, tiene 16.000 policías, mientras la peligrosa Kabul, con más de cuatro millones de habitantes, solo tiene 7.000.
Deficiente seguridad
La deficiente seguridad no afecta solo a Kabul, sino a amplias partes del país, con negativas repercusiones para el compromiso de la comunidad internacional en Afganistán. Sin seguridad, los esfuerzos para la reconstrucción de Occidente cuentan poco para los afganos.
¿De qué le sirve a un padre una nueva escuela, si no puede enviar allí a sus hijos por miedo a que se produzcan atentados? ¿Qué pueden hacer los agricultores con una nueva carretera por la que no se atreven a circular para ir a vender sus productos a los mercados por el peligro a que haya explosivos ocultos?
Pese al refuerzo masivo de las tropas internacionales y pese a la reconstrucción de las fuerzas de seguridad afganas, la situación de la seguridad en los últimos años empeoró cada vez más.
¿Un acto de desesperación?
Es difícil probar que el ataque de ayer sea realmente un acto de desesperación de los talibanes, como consideró el enviado especial de Obama para Pakistán y Afganistán, Richard Holbrooke.
Sin embargo, los habitantes de la capital no se dejaron intimidar excesivamente por el ataque de ayer, pues tras 30 años de guerra están preparados.
Tres horas después de los combates los negocios volvían a estar abiertos en la zona de los ataques y la gente caminaba despreocupadamente por allí.