Otelo Saraiva de Carvalho, un héroe en el décimo piso de una barriada

INTERNACIONAL

El 25 de abril de hace hoy 36 años fue capaz de liderar la revolución de los claveles, pero lo que no logró fue encontrar su sitio una vez instaurada la democracia

25 abr 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Fue tanta la gloria que alcanzó, fue tanta la alegría que nos produjo, fue tanta la admiración con que le vimos que el éxito lo desbordó y le ha sido y le es difícil sobrevivir. No estaba preparado para el salto que dio, no estaba la revolución en su cabeza, no tenía formación política más allá de la propia de un militar, ni le habían interesado los asuntos ideológicos; no era de izquierdas. Y, sin embargo, iba a erigirse como líder del derrocamiento de la dictadura. Hablamos del mayor Otelo Saraiva de Carvalho. Nos situamos en el 25 de abril de 1974.

Portugal era la dictadura de derechas más antigua del continente y en la década anterior, bravuconamente, se había metido en tres guerras, cruentas, en defensa de sus posesiones africanas: Mozambique, Angola y Guinea-Bissáu. Con tal panorama la situación se había convertido en caótica. Doscientos mil militares destinados en las colonias guerreando en pos de una victoria imposible. El régimen político languidecía. Los ciudadanos veían a los soldados, hijos o cercanos, que pasaban allí años y años; algunos morían. Entre los oficiales cundía el descontento. La situación económica no podía ser buena. Y por último había fallecido el dictador perpetuo (1926-1968), Antonio de Oliveira Salazar, responsable máximo de lo ocurrido. Su sucesor Marcelo Caetano era incapaz de controlar a sus propios compañeros ideológicos.

Todas estas circunstancias configuraban un escenario propicio para un golpe de Estado, solo faltaba que alguien prendiese la mecha -pero hay que prenderla-, y por allí pasaba el mayor Otelo, que con un punto de osadía, su falta de ideología que le hacía que no despertase suspicacias y su capacidad táctica y de coordinación, la prendió, y de un día para otro se convirtió en líder. Otelo protagonizó la revolución y lo hizo desde el primer momento con especial maestría y rapidez, sin enterarse la sociedad portuguesa ni la propia oposición política, que de la noche a la mañana se vieron libres de la dictadura y al poco de las guerras coloniales. De lo que no fue capaz Otelo fue de encontrar su sitio una vez instaurada la democracia.

Revolución romántica

Hoy, hace 36 años, el 25 de abril de 1974, los portugueses avisados, y también los más madrugadores, vieron y/u oyeron como poco después de las cuatro de la madrugada unas tropas perfectamente coordinadas zapateaban con estrépito las calles al ritmo del Grandola Vila Morena , la canción de Zeca Afonso, que habría de servir para poner los dispositivos en marcha.

No hay duda, fue una revolución romántica. En horas se desvaneció la dictadura, desapareció la terrible policía política (PIDE) y el país comenzó a vibrar. Sin encontrar resistencia, tomando los puntos neurálgicos del país, magistralmente dirigidas por Otelo, las tropas al mando de unos, no muchos, militares sublevados, logran que se les entregue el poder, sin paliativos y sin contrapartidas.

La escena la cuenta Otelo. El jefe del Estado, Marcelo Caetano, conocedor de la salida de las tropas a la calle, valorando las escasas posibilidades de hacerles frente, decidió entregar el poder al general Spínola, individualizado por su extravagante monóculo, que se había escorado hacia posiciones críticas con la dictadura y cercano a los sublevados. Caetano lo llama y le dice que quiere entregarle el poder y no dejarlo al albur de la calle. Spínola se lo comunica a Otelo, y este tras consultarlo con Vitor Alves, que formaba parte del triunvirato de dirección, decide aceptar la intermediación de Spínola.

Para el general del monóculo fue una premonición, habría de ser el próximo jefe de Estado.

¿Cómo le gusta que le llame, coronel que es su rango actual, mayor que era el del momento de la revuelta, Saraiva de Carbalho su apellido, u Otelo su nombre? «Me pusieron Otelo porque así se llamaba mi abuelo materno y me gusta por eso y porque es poco común. Pero sobre todo -y pone a sus 72 años una sonrisa de niño travieso- me gusta Otelo porque me recuerda a las multitudes, los días posteriores al golpe de Estado, que a la menor ocasión, llenos de agradecimiento, gritaban 'Otelo, Otelo?'».

¿Y usted qué hizo ante tal marea humana, ante tal reconocimiento popular? «Nada, me volví a mi destino, a mi unidad de formación de militares, hasta que días después me vinieron a buscar. Ya había cumplido.»

Ahora vive modestamente en un décimo piso de una barriada de clase media en las afueras de Lisboa, con su nueva compañera. Su sueldo es de 2.200 euros al mes. Su vida pública se limita a participar en los eventos a los que lo invitan, alrededor siempre de una fecha: del 25 de abril.

Le gusta que lo recuerden en la calle, que le hablen de aquellos tiempos.