¿En algún momento antes de la revolución, tomó contacto con la oposición política? «No, no tuve contactos con la oposición, yo no era un hombre politizado, mi ideologización se produjo después de la revolución. No había leído el marxismo, ni había tenido interés por la izquierda europea».
«El Movimiento de las Fuerzas Armadas surge por reivindicaciones corporativistas y por las guerras coloniales que fueron cambiando nuestra mentalidad. A mí, al poco de salir de la academia militar, me mandaron a Angola como alférez y luego como teniente al frente de un pelotón. Allí estuve siete años y medio, después tres años y medio en Guinea-Bissáu como capitán. Las guerras eran cruentas y propiciaban críticas hacia el régimen de la metrópoli. Así nos empezamos a concienciar. Las vocaciones militares decaían. Para resolverlo el Gobierno por decreto dio entrada en el Ejército como oficiales a universitarios, colocándolos delante en rango y antigüedad de muchos de nosotros. Aquello nos soliviantó y pusimos en marcha un movimiento reivindicativo que empezó siendo apolítico. Estamos en 1973».
«En septiembre elaboramos un manifiesto de protesta. Lo firmamos 52 oficiales, lo multicopiamos y lo enviamos a Lisboa: no respondieron. Días después en Portugal 136 militares hicieron lo mismo y a ellos le siguieron más en Angola y Mozambique. En total se unieron 600 capitanes. El Gobierno reculó, cesó al ministro del Ejército y derogó el decreto. Habíamos ganado y a partir de ahí un acontecimiento tiraba de otro. El objetivo ya no solo era reivindicativo sino que muchos pensaban que se podía ir más lejos». «En diciembre se elige a una dirección para el movimiento de las fuerzas armadas. Allí estaba yo».
¿Y el Gobierno? «No se atrevía, éramos muchos y dependía de nosotros. Intentó sin éxito dividir el movimiento concediendo más medios y aspiraciones. No representaba a casi nadie. Por la extrema derecha hubo intentos de golpe que nosotros mismos denunciamos».
Felicidad colectiva
Otelo es hoy un hombre con la cabeza en el pasado. Recuerda, revive y vive lo sucedido, en el puesto de mando dirigiendo las tropas aquella madrugada del 25 de abril, viendo cómo caía la dictadura, acercándosele todos emocionados. A cada poco regresa y rememora ese momento histórico de felicidad colectiva que los pueblos tienen a veces.
Fueron los días más felices de su vida, y de la vida de muchas generaciones de portugueses. La revolución se hizo en paz; la terrible policía política se disolvió sin dejar huella; los que tenían algo que ocultar salieron a empujones. El conjunto del pueblo portugués pasó de la dictadura a la democracia sin ajustes de cuentas; los exilados fueron volviendo poco después. El pasado se enterró sin estruendo.
Un clavel le dio nombre; la iniciativa espontánea la etiquetó: la revolución de los claveles. Después vinieron tiempos convulsos.
¿Cómo querían organizar el Estado? «Fuimos evolucionando. Vitor Alves, compañero de la dirección permanente del movimiento, me convenció que sustituir el poder político por un poder militar no era aceptable para el mundo occidental. Me pareció acertado y le di la razón.
Dos meses antes de la revolución conseguimos atraer a tres militares que estaban politizados. En especial Melo Antunes; ellos elaboraron un documento que definía la ideología del movimiento. Lo votamos 111 oficiales en una reunión de 196».