La pintada «Tito, resucita. Aunque solo sea durante 15 minutos» presidía la fachada situada entre las partes bosnia y serbia de Sarajevo, durante la guerra de 1992-1995. El edificio de la avenida Putnika, la de los francotiradores, presentaba varios boquetes resultado de la metralla de los obuses lanzados por los separatistas serbobosnios. Todo parecía surrealista, como una pesadilla en el corazón de la Europa de fin del siglo XX.
Svetlana Broz es la nieta mayor de Josip Broz, Tito , el padre de la Yugoslavia que existió entre el final de la Segunda Guerra Mundial y comienzos de los noventa, hasta una década después de su muerte, el 4 de mayo de 1980. Esta cardióloga ha renunciado a su nacionalidad serbia y a Belgrado, y se ha convertido en ciudadana de Bosnia-Herzegovina. Preside una fundación, Gariwo, que trata de potenciar la convivencia tras episodios traumáticos. Recuerda la pintada no porque la haya visto, sino porque en Sarajevo se la recuerdan con afecto.
Cuando le pregunto si su abuelo podría imaginar el final de su criatura, una federación socialista de seis repúblicas: Eslovenia, Croacia, Serbia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia y Montenegro; dos regiones autónomas, Kosovo de mayoría albanesa, y Voivodina, húngara; tres lenguas oficiales: eslovena, croata y serbia, y dos alfabetos, latino y cirílico; más de nueve credos? Svetlana dice que recuerda la obsesión de Tito con la «fraternidad y la unidad», como algo muy significativo.
Décadas de progreso
Tito fue el líder del Movimiento de Países No Alineados con la India y Egipto. Una nueva vía entre la URSS y Occidente. Una presencia en la comunidad internacional que echan de menos los ex yugoslavos, habitantes, en el caso de la que se conocía como pequeña Yugoslavia a escala, Bosnia-Herzegovina, de etnocracias. El gobierno de las etnias es el resultado de las guerras de los noventa; de la limpieza étnica que redujo la zona a parajes fértiles y vacíos, a centros urbanos con mezquitas, catedrales católicas y ortodoxas, la esencia del sur de los Balcanes. De Yugoslavia. Tito, el fiero comunista delator de los treinta que acabó codeándose con Churchill, Kennedy o Jrushev, es recordado como el catalizador que permitió cuatro décadas de normalidad y progreso.