El modelo de respuesta de la ONU en una catástrofe refleja la necesidad de cambiosLa epidemia de cólera dejó en evidencia la falta de profesionales en algunas ONG, que no es el caso de Médicos Sin Fronteras
09 ene 2011 . Actualizado a las 02:00 h.El mundo no se olvidó de Haití, como temían muchos. No solo no se olvidó, sino que esta operación de emergencia y reconstrucción ha sido una de las más ambiciosas, si no la más, en la breve historia de la cooperación. Desgraciadamente, no hay más remedio que concluir que también ha sido una de las más fallidas, si no la más. La explicación a la que se aferran los responsables políticos y humanitarios, la de que era imposible desde el principio, es tan convincente como inútil. Si era imposible, entonces es toda la idea de la cooperación al desarrollo la que debe ser repensada.
El actual sistema de respuesta ante una emergencia como la de Haití es un producto de los años noventa. Entonces, los teóricos de la cooperación consensuaron una filosofía de acción basada en el clúster, la acumulación de pequeñas iniciativas independientes y sectoriales (salud, infancia, alimentación) bajo un paraguas proporcionado por la ONU y financiado por medio de conferencias de donantes. Con el tiempo, este sistema ha ido mostrando su necesidad de ajustes serios. A menudo, las conferencias de donantes tienden a discriminar en función de sus intereses, como ocurrió durante las inundaciones de Pakistán, país sospechoso de radicalismo islámico. Pero en otros casos, como el de Haití, no es el dinero lo que falla sino los mecanismos para gastarlo eficazmente.
De los 10.000 millones de dólares ofrecidos por la comunidad internacional, el IHRC (Misión Interina para la Recuperación de Haití) no ha conseguido gastar ni la décima parte. Este organismo, creado por la ONU para centralizar toda la ayuda y presidido por Bill Clinton, no se ha reunido, de hecho, más que cuatro veces en un año. Su lentitud se explica por otra práctica indeseada: la resistencia a trabajar con contrapartes locales. Un ejemplo: de cada 200 dólares que invierte Estados Unidos en Haití, solo dos van a proyectos gestionados por haitianos. Es cierto que de este modo se limita la corrupción (y de paso se recupera el dinero que se ha ofrecido tan generosamente), pero también se debilita el tejido económico local y se profundiza la dependencia en la ayuda exterior.
La moda humanitaria
El fracaso de las organizaciones no gubernamentales no es menos clamoroso. Con nada menos que 12.000 de ellas presentes en el país, Haití es la república de las oenegés , una utopía transformada en pesadilla. La moda humanitaria, el individualismo de muchos cooperantes y el sistema de clúster han llevado no solo a esta atomización inoperante; también a la proliferación de iniciativas tan dudosas como las de adopción de niños o la creación de refugios patrocinados por programas de televisión. Este amateurismo quedó en evidencia al estallar la epidemia de cólera, a la que tan solo supieron dar un mínimo de respuesta la propia ONU, Médicos Sin Fronteras y los 1.200 doctores cubanos (cuya aportación ha sido silenciada por razones políticas). Si a ello añadimos que el cólera lo introdujeron los cascos azules nepalíes, tenemos el deprimente broche final a un desastre, el del terremoto, seguido de otro, el del auxilio a las víctimas. Del primero no se puede aprender mucho. Del segundo, afortunadamente, aún hay tiempo de extraer lecciones para el futuro.